El silencio que siguió a las palabras de Jungkook no desarmó la habitación; la clausuró. Fue una pausa espesa, casi mineral, donde el tictac de un reloj de péndulo en el rincón pareció cobrar el peso de una maza golpeando el hormigón.
El viejo Jeon no se inmuto. Miró a su hijo desde la fijeza de sus ochenta años, descolgó los dedos del abrigo de paño y, sin pedir permiso, caminó hacia el sillón principal de orejas de cuero. Se sentó con la parsimonia de un monarca que retoma su trono tras una breve ausencia, dejando a Han sobre su regazo. El niño, intimidado por la sombra del anciano y el tintineo de las medallas de oro que colgaban de su reloj de bolsillo, se quedó inmóvil, apretando las manitas contra sus propios muslos.
Jimin dio tres pasos hacia el centro de la sala, consciente por primera vez del rastro de agua y tierra que sus pies descalzos dejaban sobre la alfombra de seda pura. Sus manos, todavía impregnadas del olor rústico del jabón de barra, buscaron el asa de la tetera de porcelana que el servicio acababa de dejar sobre la mesa ratona. Necesitaba hacer algo con los dedos para que Taehyung, que permanecía estático junto al ventanal, no notara el temblor que le recorría las muñecas. El calor del asa le quemó la piel entumecida, un dolor agudo que le devolvió una pizca de realidad.
El anciano extendió una mano arrugada, provista de un anillo con el sello de la familia, y acarició el cabello fino de Han. El contraste era atroz: la piel marchita y poderosa del patriarca sobre la vulnerabilidad limpia del niño.
-¿Por eso huyeron a Londres? -preguntó el viejo, sin levantar la vista del bebé. Su tono no buscaba una respuesta, sino la sumisión de una confesión.
Jungkook dio un paso al frente. Sus hombros, desprovistos del saco, se recortaron contra la luz gris del ventanal. Llevaba las mangas de la camisa firmemente dobladas hasta los codos, revelando los tendones tensos de sus antebrazos.
-No huimos -la voz de Jungkook cruzó el espacio con la precisión de un bisturí-. Sabes perfectamente que me fui porque la filial de Londres necesitaba orden. Las auditorías estaban colapsando.
-¿Cómo dijeron que se llama? -interrumpió el viejo, ignorando el argumento corporativo.
Jimin dejó la taza sobre el plato. El tintineo de la porcelana sonó como un cristal rompiéndose en mitad de un entierro.
-Han -dijo Jimin. Su garganta, reseca por el aire helado del jardín, convirtió el nombre en un susurro delgado.
-¿Han? -el suegro torció el gesto, y una mueca de desdén aristocrático le surcó las comisuras de los labios-. ¿Jeon Han? ¿Ese nombre? Suena tanto a servidumbre. Un niño de este apellido debía llevar un nombre más adecuado a su linaje. Jeonmin... Jeonmin hubiese sido un gran nombre. Un nombre con peso en la junta.
Jungkook apretó los dientes; el músculo de su mandíbula se dibujó nítido bajo la piel.
-Esto es exactamente lo que quería evitar -murmuró el heredero, desviando la mirada hacia las sábanas que aún se mecían afuera, en el ténder rústico.
-¿Ya lo han bautizado? -insistió el anciano, recorriendo con el pulgar la línea de la oreja de Han. El niño parpadeó, asustado por la aspereza de la piel vieja.
Jimin dio un paso corto hacia la mesa, sintiendo el impulso físico de arrebatar al bebé de ese regazo hostil. El recuerdo del polvo blanco disuelto en las mañanas de Jungkook le volvió a llenar la boca de un sabor amargo y metálico.
-No, aún no, suegro -dijo Jimin, forzando una suavidad que no sentía-. Han ha estado delicado de salud y no he querido...
-Esta es la oportunidad perfecta para hacerlo -decretó el viejo Jeon, golpeando ligeramente el suelo con la contera de su bastón recuperado-. Podrán ponerle un nombre acorde a su descendencia. Hablaré con tu madre esta misma tarde y organizaremos el bautismo para el próximo mes. Una ceremonia privada, pero con los apellidos correctos.
ESTÁS LEYENDO
La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
