sueños de juventud

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Soñó con blanco.

Un blanco calcáreo, excesivo, que le anulaba los bordes a las cosas. Era la textura áspera de unas telas almidonadas rozándole la piel del cuello, demasiado ajustadas, dictando la frecuencia de una respiración que no le pertenecía. El aire dentro del sueño pesaba como el agua; el ruido llegaba filtrado por un muro invisible, transformado en un murmullo continuo de voces sin rostro y el batir sordo de unos aplausos distantes, lentos, como si ocurrieran en otra habitación.

De pronto, la certidumbre de unos dedos sobre sus hombros. Unas manos firmes, heladas, cuya presión se instaló directamente en sus huesos sin que recordara el instante exacto en que habían cruzado el umbral de su espacio. No había espacio para retroceder; la espalda le chocaba contra una superficie invisible y rígida.

Alguien, desde una altura indescifrable, pronunció su nombre.

-Jimin.

El sonido le atravesó el esternón como una aguja fría. Quiso buscar una hendidura en la luz para escapar, pero la saliva se le había secado en la garganta. Lo único que pudo devolver fue una sílaba breve, opaca, irreversible.

-Sí.

La palabra le dejó un sabor a ceniza en la lengua. No hubo alivio tras el asentimiento, sino una inmediata sensación de clausura, el crujido seco de una cerradura de hierro encajando detrás de él. Sentía un vacío frío en el estómago, un vértigo horizontal. La certeza absoluta de que acababa de entregar algo cuyo valor ni él mismo alcanzaba a comprender.

Despertó de golpe. El aire le entró de golpe en los pulmones, frío y real. Tenía la palma de la mano derecha apoyada firmemente sobre su propio vientre, como si intentara contener una marea interna. La habitación estaba sumergida en un silencio compacto, libre de telas blancas y murmullos flotantes. Solo la penumbra de la mansión se acomodaba de nuevo en los rincones, recordándole dónde estaba. Jimin cerró los ojos otra vez, permitiendo que esa incomodidad pegajosa, ese cansancio que no nacía del cuerpo sino de los años, se asentara bajo su piel como el sedimento en el fondo de un pozo.

No era amor. No era culpa. Era el peso de la memoria.

Cuando la claridad grisácea de la mañana terminó por teñir las cortinas pesadas, Jimin se levantó con la sensación de que la seda helada del sueño seguía adherida a las yemas de sus dedos. Se vistió despacio, un ritual mecánico. Eligió prendas de lino de tonos pálidos y suaves; necesitaba que la ropa actuara como un lienzo limpio que disimulara la sombra oscura debajo de sus párpados y la palidez traslúcida de sus pómulos.

Al bajar la escalera principal, los escalones de madera no devolvieron ningún eco. La planta baja respiraba una quietud de museo, un aire estéril donde los gritos de la madrugada habían sido prolijamente barridos por el servicio. En el comedor, Jungkook ya ocupaba la cabecera de la mesa de nogal. No quedaban huellas de la fijeza violenta con la que le había cerrado el paso unas horas antes; el desayuno estaba servido con una simetría militar y el olor denso, casi violento, del café recién hecho ocupaba el espacio, intentando tapar el aroma a encierro de la propiedad.

Sin pedir permiso y sin bajar la mirada, Jimin avanzó. Mantuvo la espalda recta, esa postura defensiva que había perfeccionado durante una década para que los Jeon no descubrieran sus fisuras, y ocupó su lugar habitual en la mesa, justo enfrente de su esposo.

Jungkook bajó el periódico. El crujido del papel pareció un trueno en medio de la tregua. Jimin sintió la presión física de esos ojos oscuros recorriéndole el rostro; la mirada se detuvo un instante en la sutil tirantez de sus labios antes de subir a buscar sus pupilas. No había rastro de la indiferencia corporativa que Jungkook solía usar como escudo. El pelinegro dejó el cubierto de plata sobre el mantel con un tintineo seco y lo observó con una fijeza extraña, desarmada, como si intentara descifrar las líneas de un mapa antiguo que ya no reconocía.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora