la sangre de Jeonmin

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El ronroneo del motor del automóvil era un hilo de seda negra que cortaba la tarde, aislando el habitáculo del ruido exterior de Seúl. Jimin apoyó la nuca en el respaldo de cuero. La sensación era inédita, casi desprotegida; el frío del tapizado buscó de inmediato la piel expuesta de su cuello. Había dejado atrás las guedejas largas e indómitas que solían caerle sobre los ojos como una cortina para esconderse del mundo. Ahora, los dedos de la brisa que entraba por la rendija de la ventanilla solo encontraban el límite preciso, casi militar, de su clásico cabello corto y prolijo.

En el espejo retrovisor, los ojos del chofer se encontraron con los suyos por una fracción de segundo antes de volver a la carretera.

-Le sienta de maravilla el nuevo estilo, señor -dijo el hombre, con una cortesía profesional que no alcanzaba a disimular la sorpresa.

Jimin no respondió. Se limitó a asentir con un movimiento imperceptible de la cabeza, sintiendo la rigidez del cuello de la camisa de lino almidonada incrustándosele bajo la mandíbula. Bajó la vista hacia su regazo. Allí, Han descansaba como una pequeña escultura de sarga gris. El bebé llevaba puesto el traje miniatura de tres piezas, idéntico al suyo, cuyos botones de asta de ciervo habían elegido juntos en la boutique de Hannam-dong apenas tres semanas atrás. El olor a lana nueva y a tintorería cara que desprendía la prenda se mezclaba con el talco del niño, creando una atmósfera densa en el asiento trasero.

Jimin rozó con la yema del dedo la solapa del saquito de Han y un murmullo apenas audible se le escapó entre los dientes:

-Jungkook tenía razón... Él se encargaría de inventar el evento para que lucieras esta belleza.

La ironía le supo a ceniza. Conforme el automóvil avanzaba, devorando las avenidas y subiendo hacia las colinas boscosas de la zona más exclusiva y hermética de la ciudad, Jimin sintió que su caja torácica se iba encogiendo. Cada kilómetro que los alejaba del centro era un hilo que se tensaba y amenazaba con romperse. Su mente viajó, sin poder evitarlo, a la pequeña casa de Mapo. Extrañaba el olor a humedad de las paredes mal pintadas, el chirrido del radiador viejo que tardaba horas en calentar el piso, el sabor del té barato de cebada que tomaba de madrugada en tazas desportilladas. Allí abajo la vida era dura, áspera, pero era real. Aquí arriba, el aire que filtraba el climatizador del auto era estéril, inodoro, un aire de clínica de lujo.

El vehículo se detuvo al fin con una suavidad eléctrica frente a los portones de hierro forjado de la residencia Jeon.

Jimin tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta se volvía de piedra. Miró a través de los cristales tintados. El gran patio de adoquines estaba desierto; la imponente fachada de granito gris y vidrio no revelaba ningún movimiento. Ni siquiera la silueta ruidosa y entrometida de Seokjin merodeaba por los jardines para ofrecerle una tregua antes del suplicio. Estaban solos.

Abrió la portezuela. El aire de la colina, cargado con el aroma de los pinos húmedos y la tierra fría, lo recibió con un zarpazo. Jimin acomodó a Han contra su pecho, apretándolo con fuerza. El cuerpo tibio y el latido rápido del niño eran su única ancla, un escudo de carne y piel que interponía entre su propio pecho y la hostilidad de esa fortaleza de piedra.

Enderezó la columna. Sintió cómo los hombros del traje, perfectamente armados, le daban una anchura que no poseía, una estatura de impostor. El viejo Jimin -el que sabía cómo caminar sobre el mármol sin hacer ruido, el que dominaba el arte de mirar por encima del hombro en los vestíbulos de los hoteles de cinco estrellas, el que se envolvía en seda y desprecio para que nadie notara su desamparo- emergió del fondo de su memoria como un fantasma convocado a la fuerza.

Subió la escalinata exterior con paso firme, el impacto de sus zapatos de suela de cuero resonando contra el granito con una firmeza que él no sentía en las rodillas. Al cruzar el umbral del vestíbulo principal, la enorme araña de cristal del techo estalló en mil destellos dorados y fríos.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora