recuperando el norte

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El aire dentro del reservado era un bloque espeso que costaba empujar hacia los pulmones. El olor a tabaco rubio quemado se mezclaba con la dulzura aceitosa del whisky de malta, creando una atmósfera densa que se adhería a la lana del abrigo de Jungkook como una segunda piel húmeda. Detrás de la cortina de terciopelo guinda, la música del bar no era un sonido, sino una vibración física: un oleaje de bajas frecuencias que le subía por las suelas de los zapatos, trepando por sus pantorrillas hasta instalarse en su esternón como un latido ajeno y mecánico.

Jungkook se dejó caer en el sofá de cuero, que crujió bajo su peso con un quejido perezoso. No se quitó el abrigo; sentía un frío persistente, una aguja de hielo clavada en la base de la nuca que la calefacción del lugar no lograba entibiar.

Frente a él, Namjoon sostenía un vaso corto donde el hielo ya casi se había desintegrado en un agua traslúcida. A su lado, Hoseok observaba el techo con los ojos entornados bajo la luz roja de los focos, dejando que un hilo fino de humo gris escapara de sus labios en una línea perfecta. Sus rostros, idénticos en su suficiencia, se giraron hacia él al mismo tiempo. Un gesto aprendido en los pasillos de la misma facultad, en los mismos directorios.

-Si traen esas sonrisas es porque Seokjin ya les fue con el chisme -dijo Jungkook. Su propia voz le sonó extraña, rasposa, gastada por el relente de las cuatro de la mañana.

Namjoon y Hoseok asintieron con una sincronía casi coreografiada, un cabeceo lento que delataba la complicidad del secreto compartido.

-Estoy jodido -añadió Jungkook, apretando los dedos alrededor del vaso frío que Namjoon le había deslizado-. Hasta el cuello.

Namjoon se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa de caoba. El movimiento hizo que el aroma a lavanda y almidón de su traje interfiriera con el olor a ceniza del reservado.

-Si esa criatura te asegura la herencia, Jungkook, no veo el problema -murmuró entre dientes, rompiendo el hielo con esa frialdad pragmática que utilizaba para liquidar empresas-. Haces que Jimin firme uno de esos contratos de confidencialidad y listo. Quédate con el pequeño si tanto quieres jugar a ser padre.

Jungkook soltó una carcajada seca, un sonido amargo que le rascó la garganta como arena. Se frotó las sienes, sintiendo el pulso acelerado de su sangre detrás de las orejas.

-Dulce y perturbador -divagó, dejando que el alcohol le entibiara el paladar con un sabor ferroso-. Pero no se trata de eso.

-A ver, es simple -insistió Namjoon, señalando el vaso de Jungkook con el suyo, provocando un tintineo limpio, casi clínico, que a Jungkook le recordó al goteo de un hospital-. Le entregas el niño al viejo. Que firme el testamento final y muera en paz. Después te deshaces de Jimin y de su hijo. Te lo he dicho mil veces: los mandas al extranjero con una buena cuenta y sigues con tu vida.

La solución flotaba en el aire con la simetría perfecta de un balance contable. Sabía que Jungkook acudía a ellos buscando esa anestesia moral que él mismo, atrapado en la red de su propia casa, no lograba fabricar.

-No puedo hacer eso -murmuró Jungkook, bajando la cabeza. El recuerdo de las rodillas desnudas de Han golpeando el parquet de la entrada le oprimió el diafragma de golpe. El calor de ese cuerpo diminuto contra su pecho seguía impreso en su abrigo-. Prometí que a esos niños no les iba a faltar nada.

Namjoon sonrió con una arrogancia ligera, la suficiencia del que contempla un peón atrapado en el tablero. Se observó las uñas pulidas con detenimiento antes de clavarle la mirada.

-Nadie dice que los dejes en la calle, Jeon. Pero tampoco te puedes condenar a vivir una vida que no quieres.

El silencio volvió a cerrarse sobre ellos, espeso, interrumpido por el sordo retumbar de la pista de baile exterior. Jungkook comenzó a hacer girar el vaso entre sus manos, observando cómo el whisky trepaba por las paredes de cristal antes de volver a caer, dejando un rastro denso en el vidrio.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora