RITUAL DE PIEL

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Jimin avanzó a ciegas, guiado únicamente por el aliento denso de la penumbra, como si la noche misma se hubiera vuelto líquida para arrastrarlo hasta el borde de aquella cama ancha y muda. El aire allí retenido poseía una hostilidad casi física; las sábanas exhalaban un aroma ajeno, una combinación pesada de almizcle y maderas oscuras que se le instalaba en la garganta con la persistencia de un remordimiento. Sus dedos, entumecidos por la descarga de adrenalina, se arrastraron sobre la seda del edredón con la precaución de un ciego que intenta descifrar un relieve desconocido. Buscaba una certeza, un rastro de calor que justificara el desastre.

De pronto, las yemas de sus dedos tropezaron con una superficie sólida, una marea de piel ardiente. Avanzó sin pedir permiso hasta que su palma se cerró en torno a la firmeza de una pierna masculina. Sintió la rigidez inmediata del músculo bajo su tacto, la reacción eléctrica de un cuerpo que también aguardaba el impacto.

-Te atrapé -murmuró Jimin en la oscuridad, forzando una pizca de triunfo en su voz, una pequeña bandera de dominio en un territorio que no le pertenecía.

Una risa seca, breve y casi nasal, rasgó el silencio con una arrogancia que le erizó la piel de la nuca. El sonido floto en la habitación como el filo de una navaja antes de caer.

-No lo creo -respondió la sombra.

Antes de que Jimin pudiera retirar la mano, el espacio sufrió un vuelco violento. Dos manos de una envergadura desmedida lo sujetaron por la cintura, anulando su peso con una brusquedad que no admitía réplica. El aire se le escapó de los pulmones cuando su cuerpo fue estampado contra el colchón, quedando de inmediato sepultado bajo el peso de un torso ancho y tibio que latía con la cadencia sorda de una furia contenida.

-Yo te atrapé a ti -la voz descendió, rozando el lóbulo de su oreja como una quemadura, dejando un rastro de humedad caliente que le hizo arquear la columna.

Jimin, negándose a ceder el control en ese juego de fuerzas, estiró el cuello y buscó la boca del otro en la negrura. Lo besó con la ferocidad de los náufragos, una embestida de dientes y lenguas donde el sabor metálico del miedo se mezcló con el deseo que aún le entibiaba el aliento. Fue un beso largo, desordenado, una disputa territorial donde ninguno de los dos cedía un centímetro de terreno, intentando devorarse el aire mutuamente para demostrar quién poseía el derecho sobre el cuerpo del otro.

Al separarse apenas un milímetro, con los labios encendidos y la respiración rota, Jimin jadeó, clavando las uñas en los hombros de la silueta.

-No es justo. Tú sabes exactamente quién soy... y yo ni siquiera puedo ver tu rostro.

El hombre no respondió. El silencio que siguió se sintió denso, cargado de una culpa invisible o quizás del peso de verdades que eran demasiado afiladas para ser dichas. Se limitó a buscar de nuevo sus labios, murmurando un ruego casi imperceptible contra su boca:

-Aguarda un instante...

Pero la tregua duró poco. El ritmo de los cuerpos volvió a arrastrarlos con la fuerza de una marea enloquecida, una molienda donde la lógica se disolvía en la piel. Las manos del hombre se movieron con una precisión anatómica y cruel; conocía cada línea del cuerpo de Jimin, cada recoveco sensible, tocándolo no con la delicadeza de un amante sumiso, sino con la autoridad de quien exige una rendición absoluta.

Jimin intentó revertir la posición, empujando con las rodillas para ganar espacio, buscando someter la rigidez del pecho que lo aplastaba. Sin embargo, el movimiento fue previsto. Con una suavidad implacable que le heló la sangre, el desconocido le juntó las muñecas por encima de la cabeza. Jimin sintió el roce frío y sedoso de una corbata de satén envolviendo sus articulaciones. El nudo fue firme, desprovisto de violencia tosca, una atadura limpia que lo dejó anclado a la cabecera de madera.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora