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Jimin hurgaba entre el desorden de sus pocas pertenencias, seleccionando con dedos torpes lo mínimo indispensable para meter en la maleta de mano. Dobló un par de suéteres gastados, queriendo convencerse de que aquello sería solo un armisticio temporal de unos pocos meses. Sin embargo, al remover el fondo de un cajón destartalado, su mano tropezó con un objeto rígido. Lo sacó despacio. Era un pequeño retrato.

Se quedó estático en mitad de la habitación, contemplando la imagen. No era una foto de su opulencia pasada, sino un recordatorio silencioso de su propia identidad, de los días en que sus ojos no cargaban con el peso del miedo. Una punzada de dignidad, limpia y filosa, le atravesó el pecho. Miró las paredes de cal descascarada de su humilde sala. Eran frías, sí, y el hambre acechaba, pero ese lugar era suyo. Volver a la mansión de Jungkook significaba meterse voluntariamente en una jaula de oro donde ya se había desangrado una vez. No podía hacerlo. El miedo a la cárcel se disolvió ante el terror de perder lo último que le quedaba de alma.

Cuando Kim Namjoon regresó dos horas después, la pequeña maleta ya estaba cerrada sobre la mesa de luz. Jimin lo esperaba de pie en el centro de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho en un ademán defensivo y la mirada fija en la puerta.

-Las cosas están listas -dijo Jimin, y aunque su voz era delgada, no tembló-. Haré los malditos análisis. Cumpliré con la cena del miércoles. Haré lo que Jungkook quiera para mantener el acuerdo legal... pero no voy a mudarme a su casa. No volveré a ese lugar.

Namjoon soltó el aire por la nariz, una exhalación larga y pesada. Su rostro sereno no mostró sorpresa, solo la paciencia cansada de quien trata con un rebelde.

-Jungkook no va a aceptar ese trato, Jimin. Te necesita en la residencia principal. Al menos hasta que el viejo Jeon muera y la sucesión esté asegurada.

-No me importa -replicó el rubio, clavando los talones en el suelo-. Díselo así. No voy a ir.

Namjoon lo observó en silencio durante unos segundos, midiendo la fijeza en los ojos de Jimin. Había una verdad dolorosa en esa negativa que el abogado prefirió no escarbar.

-¿Por qué tanta resistencia? -preguntó Namjoon con suavidad.

Jimin no respondió. Dio media vuelta, dándole la espalda para ocultar el temblor de su mandíbula.

-Haz lo que quieras por ahora -concedió Namjoon, rompiendo el silencio con un tono pragmático-. Jungkook se encargará de ese asunto más tarde. Por el momento, el reloj corre y debemos ir al laboratorio.

Namjoon dio un paso al frente y dejó sobre el pequeño sillón una bolsa de papel fino que traía consigo. Al abrirla, Jimin vio prendas de diseñador, de telas rígidas y colores sobrios.

-Cámbiate -ordenó Namjoon, no con maldad, sino con la fría etiqueta de su mundo-. Y recógete el cabello. No es bueno que la gente de la clínica te vea en esas fachas.

Jimin abultó los labios en un gesto infantil y desesperado, sintiendo una quemazón violenta detrás de los ojos y unas ganas incontrolable de llorar. Asintió sin mirar al abogado . Entró al baño y se despojó del polo gris que tanto lo había reconfortado minutos antes. Al ponerse la ropa nueva, sintió el frío de la tela extraña contra la piel. Tenía que mudar de piel, convertirse otra vez en el esposo de porcelana que la dinastía Jeon exigía.

El trayecto en el automóvil de la empresa fue un suplicio de vidrios polarizados y aire acondicionado estricto. Jimin miraba el paisaje de Seúl correr del otro lado de la ventana, sintiendo el peso del silencio de Namjoon al volante.

-¿Qué clase de análisis tengo que hacerme? -preguntó Jimin al fin, rompiendo la tensión del habitáculo-. Dijiste que era un chequeo por el mareo de anoche.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora