La mañana transcurrió en una dimensión amortiguada, disuelta entre hileras de caracteres ópticos que Jungkook miraba fijamente sin llegar a registrar. Frente a él, la pantalla del monitor emitía un zumbido imperceptible, una vibración de luz fría que le secaba los párpados. Una presentación de estados financieros, dos conferencias telefónicas con inversionistas de ultramar cuyos acentos extranjeros le parecieron ruidos inconexos, y la revisión de un contrato de fideicomiso que leyó tres veces, persiguiendo los mismos renglones con la yema del índice, sin lograr que las cláusulas cobraran un sentido real. Las cifras se apilaban en columnas perfectas, simétricas y estériles, como lápidas de píxeles que no conseguían fijarse en su memoria.
Cada tres o cuatro minutos, de manera casi refleja, su mirada descendía hacia el borde del teclado de aluminio, donde el teléfono descansaba con la pantalla hacia arriba.
Negro. Pesado. Guardando un mutismo absoluto.
No había señales de Namjoon. Ni una notificación, ni el destello parpadeante del diodo que indicara un avance en las alcantarillas de la ciudad. La investigación llevaba apenas veinticuatro horas abierta, pero la incertidumbre ya había comenzado a manifestarse físicamente: un nudo tenso justo debajo del esternón, un calor seco que le subía por el cuello de la camisa almidonada y le recordaba, con cada pulsación, la falta de aire en el despacho.
Cuando el aparato finalmente cobró vida, rompiendo el silencio con una sacudida rítmica sobre la madera noble del escritorio, el corazón le dio un vuelco violento contra las costillas.
Extendió la mano con una prisa que delató su vulnerabilidad ante el espacio vacío de la oficina. Al deslizar el dedo por el cristal, el pulso se le detuvo y una oleada de desilusión, fría y amarga como el sedimento del café de la mañana, le llenó la boca.
El identificador mostraba una sola palabra: Madre.
Jungkook apoyó el codo en el escritorio y se cubrió los ojos con la palma de la mano, presionando las cejas para contener la punzada que persistía detrás de sus sienes. Atendió.
-¿Sí?
-Por fin respondes, Jungkook. Creí que te habías quedado a vivir en el ministerio.
La voz de su madre llegó nítida, flotando sobre un fondo de ruidos domésticos que Jungkook reconoció de inmediato: el crujido metálico de unos resortes, el roce arrastrado de una alfombra persa al ser movida de su sitio y el tintineo cristalino de la vajilla de porcelana fina que el personal de servicio manipulaba en la casa principal. Era el sonido de un engranaje perfecto, una maquinaria de opulencia que avanzaba ignorando cualquier disturbio humano.
-Mandé preparar la residencia del este -anunció ella, con esa ligereza aristocrática de quien decide el destino de los demás entre dos sorbos de té.
Jungkook parpadeó, sintiendo que la realidad se distorsionaba un poco más.
-¿Qué residencia?
-La de campo, por supuesto. La de las colinas.
El silencio se instaló en la línea, espeso y cargado. Jungkook escuchó el chasquido seco y vegetal de unas tijeras de podar. Su madre estaba en el invernadero, seleccionando flores mientras dictaba órdenes.
-¿Por qué has hecho eso? -preguntó él, y notó que su propia voz sonaba pastosa, desprovista de la autoridad habitual.
-Porque has vuelto a Corea, Jungkook. Es lo natural. También ordené cambiar las peonías del jardín de invierno; estaban horribles, lacias, con un color que parecía un insulto a la entrada.
Él se frotó el puente de la nariz, sintiendo la piel fría bajo los dedos. La presión familiar bajaba sobre sus hombros con la consistencia del granizo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
