Lo último que oigo, antes de que la oscuridad lo devore todo, son los neumáticos de un coche frenando fuera de la casa, seguido de una voz que no logro reconocer gritando mi nombre.
Y entonces, despierto.
Jadeo de una forma tan violenta que los pulmones me arden. Enseguida me incorporo en el colchón hasta que la espalda me choca con la cabecera. Las sábanas empapadas de sudor me aprisionan las piernas, las libero a patadas mientras la habitación gira en cámara lenta.
Intento a toda costa adaptarme a la poca iluminación que llena la pieza. El pecho no me deja de subir y bajar, agitado, oscilante. Tras parpadear varias veces me percato de que solo ha sido una pesadilla, todo este tiempo asfixiante estuve dormida. El dolor que me produce el quiebre de una de mis uñas me hace relajar la fuerza con la que me estoy aferrando al colchón.
—Mierda —susurro con el corazón aún en la boca.
Me estiro hasta la lámpara y enciendo en foco. La claridad emanada desde la bombilla revela los zapatos esparcidos por el piso, el suéter colgado detrás de la puerta y el escritorio ubicado en un rincón. Poco a poco me voy calmando, llenando con esa tranquilidad de estar a salvo.
Pasado unos minutos los muros a mi alrededor respiran, yo también lo hago. No me levanto de inmediato, me tomo mi tiempo para pensar en cómo toda esta situación de las cartas me ha sobrepasado, porque aunque se trató de una pesadilla, lo sentí muy real; tanto que todavía no consigo nivelar el ritmo en el que me van los latidos del corazón.
Agarro el móvil que descansa a un lado de la lámpara para ponerme a buscar el contacto capaz de calmarme con el solo timbre de su voz. Aplasto el teléfono en la oreja y espero.
Al tercer tono lo escuchó descolgar:
—Buenas noches, Rosita.
Me pongo una mano en el pecho, notando la calma que me otorga su voz.
—Hola, Gris.
Cierro los párpados, casi lo imagino con esa media sonrisa suya luego de pasarse la lengua por los labios. Me voy sintiendo aún mejor.
—¿Estás bien? —pregunta.
Paso saliva al tiempo que afirmo con la cabeza, como si él pudiese verme.
—Tuve una pesadilla —confieso volviendo a abrir los ojos, a mitad de camino se me escapa un suspiro —, escucharte me hace sentir mejor.
Aguarda en silencio desde el otro lado de la línea. Antes de que pueda preguntarle en lo que piensa, oigo su voz reservada y ronca:
—Llámame todas las veces que necesites, escucharte también me hace sentir mejor.
Una alerta se aviva dentro de mí. Desde que ocurrió lo de Éber me he sentido desconectada del mundo en general, he tenido días en los que tengo la boba idea de que de a poco iré superando su ausencia, luego cae la noche y me desbarato en todo ese llanto acumulado, y, con el pecho encendido comprendo que jamás voy a superarlo. Es por esto que ahora el filo de la culpa me da una estocada.
—Darek, ¿tú estás bien?
—Sí.
Él ha sabido mantenerse a mi lado, a no soltarme cuando adentro todo se convierte en tornado, dejándome sin equilibrio. Me ha limpiado las mejillas sin importarle que las lágrimas sigan resbalando. Aguardó en silencio ese día que tuve una pelea con Dios al cuestionar sus decisiones y preguntarle en voz alta por qué no hizo nada para salvar a mi amigo. Darek ha estado presente para mí, yo, por el contrario, me he ausentado.
—Estos días he estado... en otro mundo y lo siento.
Exhala para después chasquear la lengua.
—No pasa nada. Yo estoy bien.
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No acercarse a Darek
Novela JuvenilMeredith desde que tiene uso de razón, conoce la existencia de Darek Steiner, aunque ha estipulado una regla bien marcada en su vida: NO ACERCARSE A DAREK. Darek, por su parte, no tiene idea de quién es Meredith, pero..., ¿qué ocurriría si por un j...
