Un ángel me amó

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Narrado por Darek Steiner:

Un día atrás...

Una vez en medio de una clase de música, ella comentó que le gustaría aprender a tocar piano, al final concluyó con una risa y exclamó con voz avergonzada un «mis dedos son muy torpes para eso».

Estaba al otro lado del salón y tuve que apretar los puños para evitar expresar que incluso podría llegar a la luna sin ninguna nave espacial. Las palabras nunca han sido mi fuerte, así que me callé, sin embargo, me propuse aprender a tocar piano, solo con el único objetivo de algún día poder dedicarle una pieza digna de ella.

Pasaron los años, aprendí a tocar piano, hoy en día quien me ha escuchado dice que lo hago bien. Pero con el paso de los años entendí que nada es digno de ella. Ni la vida, ni la muerte, ni el universo, ni yo. Todo se queda corto cuando de ella se trata.

Rozo los dedos en las teclas del piano como si temiera romper algo. La melodía empieza en la menor, una nota quebradiza que se arrastra entre los recuerdos que tengo de ella siendo una niña, la cual siempre ha tenido el superpoder de quererme poner de rodillas.

La mano izquierda dibuja un arpegio, y de pronto no soy yo quien toca. Lo hace esa primera vez que se sentó a mi lado. Todas esas veces que sus dedos rozan los míos y siento querer quedarme por siempre ahí, junto a ella. Cuando la escucho llamarme «Gris» y quiero tatuarme esa palabra para nunca olvidar como late el corazón cuando de verdad se siente vivo. La pieza derramada entre mis dedos se eleva hacia do mayor, y algo en el pecho se me desprende —no duele, más bien es como si me liberara de una chaqueta ajustada después de llevarla por años.

Cierro los ojos apenas me sumerjo en la segunda estrofa. Entonces por mi cabeza empieza a desfilar ella, en todas las fotografías que le sacaron mis ojos ese día, ese día que se entregó a mí sin darse cuenta de que me hizo sentir algo que imaginé nunca experimentar.

Ese día sus ojos no se apartaron cuando mostré las costuras rotas de mi alma; en vez de huir, coció con el roce de sus dedos esas heridas que nadie se había atrevido a preguntar si aún sangraban... solo ella las tocó con esa quietud que me hizo temblar. Ojalá se lo hubiese dicho, pero gracias a ella comprendí que no eran solo cicatrices. Ese día se convirtieron las huellas que me llevaron a entender que, tal vez, hasta lo roto merece ser amado. Ella me hizo sentir amado.

Los dedos me tiemblan y por un segundo me asusta la fragilidad de la melodía esparcida por el salón, sus pausas estremecedoras, sus crescendos que no buscan disimilar las fisuras de mi alma.

El pedal sostiene el acorde final, y el sonido se funde con el choque de unas suelas de zapatos. Dejo que la resonancia se extinga por sí sola mientras abro los ojos, aquí me doy cuenta de que la respiración se me ha acelerado tanto como lo ha hecho mi corazón.

—Hoy no se escuchó tan triste como otras veces —comenta Damien, acercándose más. Finalmente, se detiene a un pie de distancia. —Se escuchó nostálgica pero no triste y no sé por qué, pero eso me hace feliz.

Aparto las manos del piano.

—¿Todo está listo?

Espero dos segundos antes de mirar de reojo como asiente.

—Sí.

Llegó la hora de despedirme de mi cabello. Vaya tontería estar lamentándome por esto, pero si tengo que ser sincero, me duele tener que deshacerme de la mezcla de colores que ella creó en los mechones que hoy me caen por la frente.

Me alzo y cierro el piano.

—Entonces vamos —digo sin ninguna expresión.

Damien me acompaña en silencio, un silencio que parece semejante al que se instala entre el convicto sentenciado a muerte y su custodio cuando recorren ese pasillo que conduce al lugar donde la sentencia se concretará.

Apenas aprieto la espalda en el respaldo de la silla, doy un fugaz vistazo a Damien y este traga con demasiado esfuerzo.

—Todavía no es necesario que lo hagas, no se te está cayendo tanto.

Qué forma más desinteresada de decir que está muriendo de dolor al verme pasar una máquina de afeitar por la cabeza. Respondo casi con el mismo desinterés.

—Si quieres puedes irte.

—Ja, ja, ja, ¿y perder la oportunidad de verte sin pelo? No, gracias.

La sonrisa no llega a tocarnos los labios, pero ambos sonreímos.

Es él el que me alcanza la máquina. El frío del acero se me entremete por la palma de la mano. Permanezco unos instantes callado, aunque en mi cabeza no deja de escucharse una sola cosa.

«Es solo pelo»

Damien se apoya en el marco de la puerta con los brazos cruzados. No habla. Supongo que entiende que ahora el silencio es más útil.

Acerco la hoja a la sien. La presión debe ser mínima, calculada y en eso soy un experto. Sin embargo, el pulso me traiciona. El filo roza uno de los mechones y este cae al piso. De inmediato me detengo, bajando la máquina, de repente tengo el pulso disparado y los dedos me tiemblan.

«No asusta el cáncer, ni la pérdida de cabello —pienso —lo que sí asusta es dejar de reconocerse»

No me percato de la cercanía de Damien hasta que su mano, llena de tatuajes, cubre la mía.

—Yo lo hago —dice sin sonar a pregunta, sino a decisión.

Julián tenía razón, es bueno tener a alguien que te apoye en todo esto, no importa lo indestructible que te creas, hay momentos donde necesitas apoyarte en alguien que no seas tú.

Damien agarra la máquina, enciende el interruptor y el zumbido llena la habitación de un vértigo tangible. Espera a que le indique con un movimiento de cabeza afirmativo para empezar, y los mechones empiezan a caer, uno tras otro, opto por cerrar los ojos y solo concentrarme en el sonido que hace la máquina.

La cuchilla me recorre la nuca. Damien trabaja metódico como tallando madera, aunque siento que en varias oportunidades se ve obligado a hacer pausas para tomar aire. Cuando abro los ojos, el suelo está alfombrado de hebras entre rosa pálido, grises, y otras ya casi de mi color de pelo natural y una que otra que se ha fusionado entre sí. Ya ninguna me pertenece.

Me levanto y voy hasta el espejo que Damien trajo hasta aquí. Me devuelve la mirada un chico diferente al que era hace unos minutos, pero tras mantenerme frente al espejo por lo que siento como horas, una sonrisa me aparece en las comisuras. Este Darek y el anterior tienen algo en común: ambos la aman a ella, porque cualquier versión mía la va a amar.

—No te ves tan mal como pensé que te verías —bromea Damien —. Incluso estás sonriendo. Ahora sonríes más, nadie sospecharías que estás muriendo.

—Es gracias a ella. La muerte no es nada cuando la tengo a ella.

Es cierto, si la tengo a ella nada podrá vencerme. Aun si la muerte resulta vencedora y llego al infierno, porque sé que ese será mi lugar de reposo, el diablo me envidiará cuando le cuente que un ángel me amó. 

No acercarse a DarekHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora