Narrado por Darek Steiner:
1 año atrás...
Londres.
Harry tuvo razón en eso de que podía lograr alzar un imperio si me proponía, lo que nunca me dijo es que perdería cosas más importantes en el proceso.
La primera vez que maté a un inocente, esperé sentir algo. Remordimiento, escalofrío, incluso asco. Algo. Pero me impactó un silencio que susurró lo perdido que ya estaba. Fue como si en mi interior se hubiera abierto la puerta que contenía la bestia recluida en mí y por fin quedara libre. Ahora todo —los gritos, la sangre, las súplicas —se ahogan en el vacío sin hacerme cuestionar mis actos. Me he convertido en una máquina hecha de huesos y cicatrices, programada para calcular riesgos, eliminar obstáculos, conquistar territorios. La piedad es un lujo del que ya no soy poseedor.
He ordenado masacres en mercados llenos de gente. He visto a madres con los cuerpos de sus hijos en brazos y seguí fumando el cigarrillo entre mis dedos. La humanidad, dicen, es un músculo que se atrofia si no se usa. Él mío dejó de palpitar en el segundo que puse un pie en esa celda.
Pero luego está ella.
El aire dentro del blindado huele a cuero nuevo y a bosque, ese segundo aroma desprendido del ambientador que he elegido. La respiración de Damien se sincroniza con el tic-tac del reloj dash, como si ambos midieran los latidos de este instante. Afuera, la lluvia golpea los vidrios a prueba de balas, distorsionado las luces proyectadas desde el exterior. Llevo dos años muerto para ella y el resto del mundo. Dos años en los que he perdido la poca sensibilidad que me quedaba.
—¿Hasta cuándo vamos a hacer esto? —cuestiona Damien sin apartar la vista de enfrente.
—Eres libre de irte.
Niega con la cabeza.
—No se trata de eso, Darek...
—Silencio —sentencio, inyectado la mirada en el auto negro que se estaciona en el edificio que tenemos delante.
La reconozco al instante. Sale del coche caminando rápido con una chaqueta roja sobre la cabeza, protegiéndose de las gotas de la lluvia. Con solo observarla noto la electricidad en mi cuerpo. Ya no es la niña que me sonreía desde lejos, ni la chica de 17 años a la que juré proteger cuando éramos dos idiotas creyendo que el mundo se podía domesticar. Ahora cada paso suyo me duele de una forma extraña, quizás porque ahora camina con una seguridad exquisita, o tal vez, porque ya no está caminando tomada de mi mano.
El pelo le ha crecido, casi le toca la mitad de la espalda, aunque ahora hay un fleco por toda su frente. Una señal de que quiere olvidar. O empezar de nuevo.
Desde la puerta del conductor del coche sale un hombre alto, vestido con prendas cómodas y sin apartar la vista de la mujer a la que yo tampoco soy capaz de dejar de mirar. Camina bajo la lluvia con la determinación de alguien al que no le da miedo la lluvia ni los fantasmas del pasado.
El pulso se me acelera cuando él se planta frente a ella y le toma la cara entre las manos. Sé lo que hará antes de que ocurra. Lo veo en mis pesadillas.
—Darek —susurra Damien en un bobo intento de que aparte la mirada. No lo hago.
Sus labios se tocan. Un beso breve, casi casto, pero suficiente para que el aire se vuelva ácido en mis pulmones. Ella no lo rechaza, incluso sonríe, esa sonrisa que antes iba apuntada a mí y que ahora se me clava en el pecho como un puñal.
Las manos del hombre siguen en su piel en el segundo que una risa escapa de sus labios, y por muy descabellado que parezca, la escucho dentro del auto como si tuviera la fuerza de atravesar los gruesos cristales. De pronto noto que aprieto el puño con demasiada fuerza, es esto lo que me indica que todavía hay algo vivo en mí.
Ella es la única grieta en este edificio de hielo que soy. La única que me hace recordar que alguna vez respiré de verdad. Que hubo un Darek al que amo tanto que no supo qué hacer con tanto amor.
A veces, en medio de la rutina de la vida, me sorprendo recreando su rostro en el humo de mi cigarrillo. Creo ver los ojos negros que me miraban sin contemplar al monstruo, sino al joven que aprendió a plantar tulipanes y al que por un momento se le pasó por la cabeza creer en redenciones imposibles.
El hombre al que en este instante envidio como no lo he hecho con nadie, le suelta el rostro y parece despedirse. Tras esto se sube al vehículo del que descendió.
—Sabes que podemos matarlo. —Demien gira hacia mí, colocando la mano en la palanca de cambios. No lo volteo a ver, pero ya imagino ese brillo letal en sus ojos ligado con una muestra pequeña de lástima. Él sabe lo que significó ella. Lo que sigue significando.
Se me pasa por la cabeza aceptar lo que dice, hasta podría ajustarme la capucha, bajar ahora mismo y descargar un peine completo en su pecho. Pero entonces veo como ella se abraza a sí misma después de que el coche desaparece mientras mira a la nada con los ojos vidriosos. En su cuello cuelga el collar que le regalé en ese autobús. Me sigue llevando con ella.
—No. No haría nada para hacerla sufrir —la voz se me oye dura pese a que por dentro no dejo de sentirme herido —. Ya ha sufrido bastante por mí.
Maté a dos hombres esta mañana. Uno me maldijo y el otro se orinó tras ver el cañón apuntado a su cabeza. La vida de ninguno me importó. Sin embargo, basta con que piense en ella, en como captura la luz de la luna al poner sus ojos en ella o en cómo solía pronunciar mi nombre —suavemente, temiendo romperlo —para que algo se me agite en el pecho. Me revive ese órgano que creía extinto. Me acelera el corazón sin que consiga evitarlo.
Ella aparta la mirada de la luna y parece clavar las pupilas en mí, penetrando la oscuridad de los vidrios, aunque no tardo en darme cuenta de que ha sido solo producto de mi imaginación. Después se aleja, y yo me guardo cada paso en la memoria, justo como he hecho desde la primera vez que vine a verla.
Recupero la seguridad de mi postura y lanzo un suspiro en el que solo se oye desolación.
Damien retoma la conversación de antes.
—Ya hemos hecho suficiente dinero como para escapar del pasado, Darek.
—No vengas con eso de nuevo.
Exhala.
—Podemos irnos de Londres, tal vez vivir en Dubai, imagínanos haciendo negocios en Rusia...
—No.
Chasquea la lengua antes de recostarse de lleno en el respaldo del asiento.
—Esto no es bueno para ti y lo sabes. Te haces daño al observarla a la distancia.
—Damien, no importa el dolor cuando verla me hace sentir más vivo que cualquier otra cosa.
Nos envuelve un terrible silencio. Él parece comprender de lo que le hablo, porque ni apagar la vida de dos personas el mismo día me ha hecho desmoronarme como lo ha hecho verla posar sus labios en unos que no son los míos. Por desgracia sentir no siempre te hace querer vivir, muchas veces sentir te mata en vida.
La debo mantener lejos del infierno que soy, aunque sea el sonido de su risa el que me haga saber que no estoy completamente perdido.
...
N/A:
Gente, Darek no me sueltaaaa ¡AYUDA!
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No acercarse a Darek
Teen FictionMeredith desde que tiene uso de razón, conoce la existencia de Darek Steiner, aunque ha estipulado una regla bien marcada en su vida: NO ACERCARSE A DAREK. Darek, por su parte, no tiene idea de quién es Meredith, pero..., ¿qué ocurriría si por un j...
