El primer latido en mis sienes es como un martillo golpeando hierro. Abro los ojos de a poco, la luz se me hace difusa enseguida, haciéndome ver solo destellos borrosos. Aprieto los párpados y los vuelvo a separar casi en el mismo instante. Tardo unos segundos en despejar la neblina de mis ojos y así empiezo a enfocar lo que me rodea.
Estoy en una habitación, una que no logro reconocer.
Intento moverme, pero las cuerdas que me aprietan las muñecas y los tobillos cortan cualquier impulso, clavándome contra el frío de una silla de metal. La respiración se me dispara, mas hago un esfuerzo por contener el pánico. Me paso la lengua por los labios y es el sabor metálico el que me hace rebobinar lo que pasó antes de caer inconsciente. Uriel Steiner, ese fue el último rostro que contemplé.
—Mierda —susurro, las paredes de la garganta me arden.
Ya más alerta, me pongo a examinar con detenimiento lo que me es posible ver. Es una habitación amplia, frente a mí hay una silla vacía y tras de ella tableros de ajedrez. Decenas, quizás cientos. Todos alineados en estanterías que ascienden hasta el techo. Algunos son simples, de roble desgastado; otros, auténticas obras de artes talladas en ébano y marfil. El que tengo más cercano brilla bajo la luz de la lámpara, este parece estar hecho de vidrio esmerilado. Cada uno con sus piezas ordenadas. Inmaculados. El desorden parece pecado aquí.
Inhalo, el olor a cera y madera pulida me entra en los pulmones.
Tengo que salir de aquí.
Giro el cuello unos centímetros y los ojos se me abren de par en par al encontrarme una pared cubierta de recortes y fotografías, no necesito forzar la vista para reconocer a varios rostros pegados en la pared: Leticia, Abril, Éber, Adán, Darek... todos. Sin embargo, entre el montón de imágenes hay personas que no reconozco. Deslizo las pupilas por la pared, deteniéndome justo en la que aparezco yo, a mi lado una foto de... Shannon. ¿Qué rayos es todo esto? ¿Por qué ella está ahí? ¿Por qué estoy yo?
El repiqueteo de unas suelas chocando con el piso me congela la sangre. Cada paso es lento, calculado, como si estuviera midiendo cada centímetro de mi miedo.
—¿Lo ves? —dejando esta pregunta en el aire, se frena a lo que siento como milímetros de mi espalda. —El ajedrez no solo un juego, en ocasiones es el espejo de nuestras propias vidas o... —Me fuerzo por volver la cabeza, aunque no tarda en emerger desde atrás. Se mete en mi campo visual vistiendo un largo sobretodo negro mientras camina con los hombros bien rectos, proyectando una silueta que devora la luz. Aunque eso no es lo peor. Lo es su rostro, cargado de tranquilidad y sus oscuros ojos sin una pizca de remordimiento. Se sienta en la silla libre frente a mí, completando la frase: —el inicio de una tragedia.
El estremecimiento me lanza a apretar los labios. El peón que sostiene en la mano revestida por el guante de cuero captura mi atención, le da vueltas sin despegar sus ojos de mi rostro.
—¿Qué... qué quiere? —alcanzo a preguntar.
Sonríe y es como ver a un lobo mostrar los colmillos.
—Siento mucho que estés pasando por esto, este no era mi plan inicial. Pero Darek parece quererte y eso... eso es algo que pocas veces he visto. —Se reclina en la silla, luego se cruza de piernas y acomoda las manos en su regazo. —Desde muy pequeño Darek ha sido inaccesible, lo entiendo, con un padre como Ulises cualquiera hubiese desarrollado traumas —hace una pausa —, aunque pensándolo bien Gerardo no fue muy diferente.
Hundo una ceja.
—¿Qué es lo que quiere? —repito sin entender lo que habla.
—Creo que quiero asesinarte.
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No acercarse a Darek
Genç KurguMeredith desde que tiene uso de razón, conoce la existencia de Darek Steiner, aunque ha estipulado una regla bien marcada en su vida: NO ACERCARSE A DAREK. Darek, por su parte, no tiene idea de quién es Meredith, pero..., ¿qué ocurriría si por un j...
