Una semana puede pasar volando, al final siete días no son nada para este mundo que no para de avanzar, aunque para mí la última semana ha llevado la velocidad de un caracol al que cada vez le pesa más la concha que lleva a cuesta. Estar dentro del salón me asfixia, cada vez que entro y contemplo su asiento vacío se me hace un nudo en el pecho, porque sí, nadie se ha atrevido a sentarse en la silla que antes ocupaba el chico de risa contagiosa.
Es raro, pero entre los compañeros de clase no se ha vuelto a pronunciar el nombre de Éber, es como si fuera una palabra prohibida que al ser dicha despertaría el peor de los caos, y quizás sí. Incluso he llegado a pensar que los rayos de sol que se cuelan por la ventana carecen de calidez, como si hasta ellos entendieran que falta algo.
He entendido a las malas que la ausencia no es un agujero. Es una grieta que no para de ramificarse, siendo cada día más y más pronunciada. He conocido la ausencia cada mañana que me levanto y recuerdo que ya no leeré su mensaje diciendo ¿Hiciste la tarea de química? En clase me das para copiarla. Me ha sacudido cada vez que veo a Abril llorar en los pasillos y me debato entre si abrazarla o huir. Me dio una bofetada hace tres días cuando el profesor de historia fue poseído por el olvido y pronunció su nombre al pasar la lista; todos contuvimos la respiración durante tres segundos eternos.
He entendido a las malas que la ausencia no te mata, pero si te transforma, convirtiéndote en alguien que respira diferente, que lo hace desde esa grieta imposible de rellenar.
En estos últimos días se rumoró que Adán saldría de la cárcel, al parecer sus padres pagarán una fianza. La verdad es que no presté tanta atención a eso ni a nada. Para sentirme un poco mejor decidí volcarme de lleno en la jardinería, ya he plantado tres macetas más de tulipanes. Tal vez un día se lo agradezca a Darek, porque sembrar ha sido de las cosas más bonitas que alguien me ha enseñado, no solo para mi vida, sino para mi alma.
El sol me da en la cara y en la mesa dibuja sombras temblorosas. Delante de mí, Abril mordisquea un panecillo con gesto distraído, aunque sus pupilas no se apartan de mí. Lo noto. Justo como noto el peso de todo lo que no decimos.
—¿Vas a comerte eso? —pregunta, señalando el yogur a medio comer que he dejado a un lado. Se esfuerza por ocultarlo, pero la voz le suena forzada, como si hablara a través de un vidrio empañado.
La miro, escarbando en su rostro con la tonta idea de encontrar, aunque sea, un resquicio de la persona que era antes de que el mundo se partiera en dos. Antes de ese último suspiro de Éber.
—Abril... —susurro y en ese llamado tiembla algo. Sus ojos avellana se encajan en los míos, ahora son pozos opacos, vidriosos, que dan la sensación de haber quebrado la lámpara que los iluminaba —. ¿Qué fue lo que pasó entre tú y Éber?
Me ha tomado más de una semana hacer dicha pregunta, pese a que ella ha rondado la cabeza desde antes de lo que pasó. Hoy por fin tengo el valor de hacerla.
Bloquea cualquier movimiento, traga con fuerza el pedazo de pan que le queda en la boca y no deja de mirarme. Hoy se cumplen siete días de que no hablamos de Éber, cada una ha preferido guardar silencio, hoy ya no puedo más.
Un sonido gutural se le escapa de la garganta.
—¿De qué hablas?
—De lo distanciados que estuvieron esos últimos días. ¿Qué fue lo que pasó?
Se toca el pelo, lo lleva aplastado en una coleta descuidada de la que salen un par de mechones y acaban enmarcándole su rostro ojeroso.
—Mer, no sé de lo...
—No digas eso —hablo con ese timbre de fortaleza que creía haber perdido —dime la verdad.
Es notorio la tensión aplastada en sus hombros. Está apretando los dedos en el borde de la mesa con tanta fuerza que ellos palidecen.
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No acercarse a Darek
Teen FictionMeredith desde que tiene uso de razón, conoce la existencia de Darek Steiner, aunque ha estipulado una regla bien marcada en su vida: NO ACERCARSE A DAREK. Darek, por su parte, no tiene idea de quién es Meredith, pero..., ¿qué ocurriría si por un j...
