Capítulo 60 II

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No noté la llovizna que cayó sobre el pueblo hasta ahora, que las suelas de mis zapatillas besan el suelo húmedo del pavimento y el olor a tierra mojada me perfora las fosas nasales.

—El olor a tierra mojada siempre va a ser mi aroma favorito —comunica Darek a mi lado. Lo noto respirar acompasado, como midiendo el ritmo de mis pisadas para poder seguirme y no rebasarme.

«Necesitas respirar aire puro», fue lo que dijo mientras estábamos fuera de casa, y aunque planeé negarme a poner un pie fuera; ya que el cuerpo me pesa como plomo, decidí hacerle caso y ahora vamos caminando por el parque del pueblo, yendo a esa banca donde me citó por primera vez y en la que me confesó de forma indirecta que estaba enamorado de mí. ¿Cómo no lo vi antes?

El parque está vacío. Al fondo ya podemos divisar el árbol de cerezo cuyas ramas se arquean como costillas de un viejo guardián, de ellas caen hojas rosas que acaban su recorrido por todo el suelo y una que otra se pierden entre la brisa de la noche y acaban salpicando la banca a la que nos aproximamos.

—Sabes cuál es mi aroma favorito —digo una vez nos detenemos frente a la banca y quedamos cara a cara, claro que tengo que arquear un poco el cuello para poder contemplar sus ojos acaramelados.

Se pasa la lengua por los labios antes de tomar asiento, dejando espacio para que sea yo la que tenga qu elegir la distancia que quedará entre los dos. Suspirando, se inclina hacia adelante y clava los codos en sus mulos para volverme a ver a los ojos.

—Es mi aroma —responde con toda seguridad.

Bendito engreído.

Pero claro que es su aroma.

Que lo diga con tanta confianza me lanza a querer borrar esa expresión de ganador que le salpica cada rincón del semblante. Es lo que hago.

—Claro que no, Gris —dictamino imitando su tono. Me hundo a su lado, eligiendo posar mi brazo a escasos milímetros del suyo, lo tengo tan cerca que estoy por rozar la tela de su suéter. —Es el aroma a café recién hecho —miento.

Alcanzo a ver que saca un cigarrillo del bolsillo del suéter, luego extrae del mismo bolsillo un encendedor. Ya no me importa que me atrape mirándolo, así que giro la cabeza y capto cada movimiento que hace: aprieta el filtro con los labios, acciona el encendedor, este ilumina su perfil por un corto instante y aspira profundamente, provocando que la punta se encienda como una luciérnaga.

—Eres tan mala mintiendo —comenta, guardando el encenderlo de donde lo sacó.

Obviamente se está burlando de mí.

—¿De verdad crees que tu aroma es mi aroma favorito? —ironizo, aunque al final una media sonrisa me delata.

Expulsa la primera bocanada y el humo se eleva en espirales pálidas, dibujando fantasmas entre las flores del cerezo.

—No lo creo, sé que es así.

Rio por debajo.

—Eres un arrogante.

—Tu arrogante.

Y así me roba una sonrisa que no se siente fingida.

—Mi arrogante —repito solo porque me gusta saber que es mío.

El viento arrecia, arrancando una lluvia de pétalos que terminan esparcidos por nuestros cabellos y hombros. Las pupilas me bailan entre las decenas de flores que siguen trenzándose con el viento.

Atrapo una de las flores y la admiro.

—Qué bonito, es un árbol tan hermoso —murmuro, entretenida con la flor que ahora sostengo en la mano.

No acercarse a DarekDonde viven las historias. Descúbrelo ahora