Capítulo 66: Final

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¿Qué viaja más rápido, una bala al ser accionada o la hoja de una navaja en las manos de alguien decidido a matar? No lo sé.

Lo cierto es que un estruendo seco, como el crujido de un trueno en plena noche, sacude el aire. De pronto, las manos que me sujetan aligeran su agarre y el frío del acero me abandona la piel. Abro los ojos, desorientada y solo por inercia, me giro para entender lo que pasa.

En el suelo encuentro tendido a Uriel. Su rostro, del que no desaparecía esa mueca de superioridad, ahora está surcado por una deformación espantosa. Sangre brota de su cabeza, formando un charco oscuro que se extiende a cada segundo.

El olor a pólvora y cobre me llega a los pulmones. Entonces las rodillas me ceden ante el peso que siento en los hombros, pero antes de que pueda reaccionar por completo, unos brazos me rodean con urgencia. Lo reconozco incluso antes de que me pegue a su cuerpo. El olor de Darek se mete en mi olfato y es el temblor de sus propias manos el que delata el miedo clavado hasta la profundidad de sus huesos.

—¿Estás... estás bien? —pregunta, enmarcándome el rostro con las manos mientras mueve la mirada por todo mi rostro y cuello —Meredith...

Intento responder, incluso separo los labios, pero el llanto me vence. Las lágrimas brotan, haciendo borroso el espantoso escenario a mis pies, mezclando con alivio, culpa y un dolor nuevo, uno que no conocía. Darek no me suelta. En vez de eso, me abraza.

—Lo siento —dice contra mi pelo, aunque las palabras se ahogan en mi llanto. —Lo siento... lo siento...

Lloro con la fuerza de quien resurge de un ahogo inminente: desgarradora, caótica, liberadora. Aferro los dedos en la tela de su suéter, temiendo que si lo suelto todo será un espejismo.

En la distancia se oye la voz de alguien.

—¡Darek, debemos irnos! —Darek levanta la mirada y la mía sigue la línea de ella. A través de las lágrimas veo a Damien emerger de la casa. Lo que parece ser un rifle sobresale de su espalda, precipitando sus pasos hacia nosotros. Se para a lo que puede medio metro de distancia del cuerpo de su tío y de la cintura se saca un arma pequeña, la que no duda ni un segundo en apuntar al medio de la cabeza del hombre. Darek se interpone en mi campo visual y el sonido de una segunda detonación se oye. —Tenemos que irnos ya —repite tras guardar el arma de donde la sacó.

Paso saliva. Le ha disparado sin remordimiento alguno.

—No me voy a ir —contesta Darek.

Damien se acerca lo suficiente para cogerlo del cuello del suéter y obligarlo a verlo a los ojos.

—El muy hijo de puta nos delató a todos. Nuestros rostros están en cada maldito teléfono y no tardaremos en aparecer en todas las noticias. Y los polis, que no vienen precisamente a darnos abrazos, no tardan en llegar, así que sí, nos vamos ya mismo.

¿De qué habla?

Darek pone las manos encima de las suyas.

—Pues aquí se separan nuestros caminos, Damien. Yo no voy a ningún lado.

De un movimiento le aparta las manos, de pronto la cara de Damien se contrae a causa del desconcierto. Se lanza nuevamente hacia Darek, volviendo a hincar los dedos en el cuello del suéter.

—Darek... te vas a meter al puto auto y saldremos de este maldito pueblo...

—No —lo interrumpe, la mirada filosa que le lanza es suficiente para que los ojos del chico que no le parta la vista de encima se carguen en agua. —No tenemos a donde ir, Damien.

Dos lágrimas se escurren por el rostro de él.

—Lo encontraremos...

—Tú lo encontrarás, yo ya no te acompañaré —sentencia Darek y antes de que Damien logre decir algo más, le pasa los brazos por encima de los hombros y lo estrecha contra su cuerpo. Veo dos lágrimas escaparse de sus ojos cuando aprieta los párpados. —Suerte, hermano. Te voy a deber una por el resto de mi vida.

No acercarse a DarekDonde viven las historias. Descúbrelo ahora