Narrado por Darek Steiner:
La intimidad siempre ha sido un problema para mí. La he recorrido como si caminara sobre un campo minado con los ojos vendados. Durante años crecí creyendo que entregarme sería sinónimo de perder el control, de mostrar pedazos de mí a quien no sabría contemplarlos. El abuso no solo me hizo perder la inocencia, también me susurró que el amor era un espantoso disfraz que ocultaba cuchillas.
Así me volví arquitecto de murallas, construidas especialmente para huir ante la mínima caricia. Pero ya no quiero huir. No cuando son las manos de ella las tienen el gentil gesto de tocarme.
¿Por qué?
Pues porque ella no fuerza mis cerrojos. Se sienta frente a ellos en silencio y enciende una lámpara para ahuyentar el miedo. Ella no supo mi historia desde el principio, tampoco me obligó a contársela, respetó el peso de mis pausas y adivinó la geométrica rota esparcida por todo mi pecho. Ha sido la segunda vez la que me desnudo ante ella, me ha costado más que la primera porque esta vez las cicatrices han quedado más a la vista, y no solo las de la piel, sino esas otras que son un poco más profundas. Hoy pudo apreciar mejor el mapa que llevo escondido bajo las costillas, las palabras no pronunciadas ardiendo en mi garganta y el niño asustado que de vez en cuando se asoma en mi espejo.
Con ella el miedo de exponerme no desaparece —estaría mintiendo si dijera que lo hace —, pero se transforma. No me siento examinado cuando sus dedos trazan mi columna vertebral, más bien siento que está escribiendo una nueva historia sobre lo que un día fui. Ya no quiero correr a esconderme cuando su aliento me choca contra la piel, ahora estoy aprendiendo a respirar a su ritmo.
Nunca va a ser fácil, de eso estoy seguro. Tal vez voy a seguir temblando, escogiéndome y volviendo a ser una estatua de hielo ante cualquier roce que me traslade a ese lugar oscuro en el que estuve cautivo. Sin embargo, si es ella la que está entre mis brazos, recordaré que mi cuerpo no es ninguna tumba, ni el placer una condena.
Sus manos son magia. Y son sus manos lo que más me gusta de ella, cuando me sujetan, me acarician, se aferran, tiemblan. Me gustan tanto que no me molestaría que fueran ellas las que aprieten el gatillo del arma apuntada en mi sien, que privilegio morir en su pulso. Lo que me da miedo es que sus manos me suelten, eso sí me haría sangrar y nadie me vería botar una sola gota de sangre, me desangraría desde dentro.
No se lo digo, pero eso es justo lo que estoy pensando cuando toco el piano para ella y las yemas de sus dedos dibujan cuidadosos círculos en las cicatrices de mi antebrazo.
Cuando cae la última resonancia, el aire me huele a tormenta contenida. Permanezco inmóvil con los ojos fijos al frente. Noto como ella despega la cabeza de mi brazo y cuando me volteo a verla, espero recibir una sonrisa de su parte o un «qué bonito», pero no, lo que me encuentro es una chica al borde de las lágrimas. En sus ojos leo más que emoción, en ellos hay vértigo, reconocimiento, amor.
—Es bellísimo como tocas —dice y la voz se le quiebra en la última sílaba —Parecía que te estabas desnudando nota por nota. No sabía que... eso se pudiera hacer.
Lo entiendo en el acto. No está al borde de las lágrimas por la melodía, ni por la inspiración que me infundió Chopin, ni por la técnica. Lo está porque, sin planearlo, le he mostrado las cicatrices latentes bajo cada acorde.
El piano sigue tibio entre los dos al posar una mano en su mejilla y apartar la traviesa lágrima que se desliza.
—Yo tampoco lo sabía —murmuro y le deposito un beso en los labios.
«Pero contigo cada vez encuentro más formas de desnudarme», completo en mis pensamientos.
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No acercarse a Darek
Novela JuvenilMeredith desde que tiene uso de razón, conoce la existencia de Darek Steiner, aunque ha estipulado una regla bien marcada en su vida: NO ACERCARSE A DAREK. Darek, por su parte, no tiene idea de quién es Meredith, pero..., ¿qué ocurriría si por un j...
