6- Prologo 2/10

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El muchacho obedeció, cerrando con suavidad la puerta. Luego se acercó a la pared de
libros y miró con precaución al otro lado. Allí estaba sentado, en un sillón de orejas de
cuero desgastado, un hombre grueso y rechoncho. Llevaba un traje negro arrugado, que
parecía muy usado y como polvoriento. Un chaleco floreado le sujetaba el vientre. El
hombre era calvo y sólo por encima de las orejas le brotaban mechones de pelos
blancos. Tenía una cara roja que recordaba la de un buldog de esos que muerden. Sobre
las narices, llenas de bultos, llevaba unas gafas pequeñas y doradas, y fumaba en una
pipa curva, que le colgaba de la comisura de los labios torciéndole toda la boca. Sobre
las rodillas tenía un libro en el que, evidentemente, había estado leyendo, porque al
cerrarlo había dejado entre sus páginas el gordo dedo índice de la mano izquierda...
como señal de lectura, por decirlo así.
El hombre se quitó las gafas con la mano derecha, contempló al muchacho pequeño y
gordo que estaba ante él chorreando, frunciendo al hacerlo los ojos, lo que aumentó la
impresión de que iba a morder, y se limitó a musitar: -¡Vaya por Dios! -Luego volvió a
abrir su libro y siguió leyendo. El muchacho no sabía muy bien qué hacer, y por eso se
quedó simplemente allí, mirando al hombre con los ojos muy abiertos. Finalmente, el
hombre cerró el libro otra vez -dejando el dedo, como antes, entre sus páginas- y gruñó:
-Mira, chico, yo no puedo soportar a los niños. Ya sé que está de moda hacer muchos
aspavientos cuando se trata de vosotros..., ¡pero eso no reza conmigo! No me gustan los
niños en absoluto. Para mí no son más que unos estúpidos llorones y unos pesados que
lo destrozan todo, manchan los libros de mermelada y les rasgan las páginas, y a los que
les importa un pimiento que los mayores tengan también sus preocupaciones y sus
problemas. Te lo digo sólo para que sepas a qué atenerte. Además, no tengo libros para
niños y los otros no te los vendo. ¿Está claro?
Todo eso lo había dicho sin quitarse la pipa de la boca. Luego abrió el libro otra vez y
continuó leyendo.
El muchacho asintió en silencio y se dio la vuelta para marcharse, pero de algún modo
le pareció que no debía aceptar sin protesta aquel sermón, y por eso se volvió otra vez y
dijo en voz baja:
-No todos son así.
El hombre levantó despacio la vista y se quitó de nuevo las gafas.
-¿Todavía estás ahí? ¿Qué hay que hacer para librarse de ti, me lo quieres decir? ¿Qué
era eso tan importantísimo que has dicho?
-No era importante -respondió el muchacho en voz más baja todavía-. Sólo que... no
todos los niños son como usted dice.
-¡Vaya! -El hombre enarcó las cejas fingiendo asombro-. Entonces, tú eres sin duda una
excepción, ¿no?
El muchacho gordo no supo qué responder. Sólo se encogió ligeramente de hombros y
se volvió otra vez para irse.

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