11- prologo 7/10

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¡Tenía que conseguirlo, costase lo que costase! ¿Costase lo que costase? ¡Eso era muy
fácil de decir! Aunque hubiera podido ofrecerle más de los tres marcos y cincuenta
pfennig que le quedaban de su paga..., aquel antipático señor Koreander le había dado a
entender con toda claridad que no le vendería ningún libro. Y, desde luego, no se lo iba
a regalar. La cosa no tenía solución...
Y, sin embargo, Bastián sabía que no podría marcharse sin el libro. Ahora se daba
cuenta de que precisamente por aquel libro había entrado allí, de que el libro lo había
llamado de una forma misteriosa porque quería ser suyo, porque, en realidad, ¡le había
pertenecido siempre!
Bastián escuchó atentamente el murmullo que, lo mismo que antes, venía del despacho.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, se había metido muy deprisa el libro bajo el
abrigo y lo sujetaba contra el cuerpo con ambos brazos. Sin hacer ningún ruido, se
dirigió a la puerta de la tienda andando hacia atrás y mirando entretanto temerosamente
a la otra puerta, la del despacho. Levantó el picaporte con cautela. Quería evitar que las
campanillas de latón sonaran y abrió la puerta de cristal sólo lo suficiente para poder
deslizarse por ella. Silenciosa y cuidadosamente, cerró la puerta por fuera.
Y sólo entonces comenzó a correr.
Los cuadernos, los libros del colegio y la caja de lápices saltaban y tableteaban en su
cartera al ritmo de sus piernas. Le dio una punzada en el costado, pero siguió corriendo.
La lluvia le resbalaba por la cara, metiéndosele por el cuello. El frío y la humedad le
calaban el abrigo, pero Bastián no lo notaba. Sentía calor, y no era sólo de correr.
Su conciencia, que antes, en la tienda, no había dicho esta boca es mía, se había
despertado de repente. Todas las razones que habían sido tan convincentes le parecieron
de pronto totalmente increíbles, y se fundieron como monigotes de nieve bajo el aliento
de un dragón.
Había robado. ¡Era un ladrón!
Lo que había hecho era peor incluso que un robo corriente. Aquel libro era seguramente
un ejemplar único e insustituible. Sin duda había sido el mayor de los tesoros del señor
Koreander. Quitarle a un violinista el violín o a un rey su corona era peor que llevarse el
dinero de un banco. Mientras corría, apretaba contra su cuerpo el libro, por debajo del
abrigo. No quería perderlo por muy caro que le costara. Era todo lo que le quedaba en el
mundo.
Porque a casa, naturalmente, no podía volver. Intentó imaginarse a su padre, sentado en
la amplia habitación arreglada como laboratorio y trabajando. A su alrededor había
docenas de vaciados en escayola de dentaduras humanas, porque era protésico dental.
Bastián no había pensado nunca si a su padre le gustaba realmente aquel trabajo. Ahora
se le ocurrió por primera vez, pero ya no podría preguntárselo nunca.
Si volviera a casa ahora, su padre saldría del taller con su bata blanca y, quizá, con una
dentadura de escayola en la mano, y le preguntaría:

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