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y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son
criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal
tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar.
Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen
relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar
de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa
campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y
sigue hablando de él a sus nietos.
Pero el dragón de la suerte que Atreyu veía ahora no se encontraba en una situación en
que tuviera ganas de cantar. Su cuerpo largo y flexible, cuyas escamas de color
madreperla brillaban rosadas y blancas, colgaba retorcido y preso en la enorme tela de
araña. Las largas barbas del hocico del animal, su abundante melena y los flecos de su
cola y de sus miembros estaban enredados en las cuerdas pegajosas, de forma que
apenas podía moverse. Sólo sus globos oculares de color rubí en medio de su cabeza
parecida a la de un león, brillaban indicando que aún estaba vivo.
Aquel soberbio animal sangraba por muchas heridas, porque había algo más, algo
gigantesco que, una vez y otra, se precipitaba con la velocidad del rayo sobre el cuerpo
del blanco dragón, como una nube negra que cambiara de forma sin cesar. Tan pronto
parecía una araña gigante de grandes patas, muchos ojos ardientes y un grueso cuerpo
cubierto por una maleza enmarañada de pelos negros como se convertía en una gran
mano de largas garras, que intentaba aplastar al dragón de la suerte, y al momento
siguiente se transformaba en un gigantesco escorpión negro que, con su aguijón
venenoso, atacaba a su pobre víctima.
La pelea entre aquellos dos seres formidables era espantosa. El dragón de la suerte se
defendía aún, escupiendo un fuego azul que chamuscaba las cerdas de aquella criatura
en forma de nube. El humo brotaba y formaba remolinos de vapor en la brecha rocosa.
El hedor casi impedía a Atreyu respirar. Una vez, el dragón de la suerte logró incluso
morder una de las largas patas de su adversario. Sin embargo, el miembro seccionado no
cayó en las profundidades del abismo, sino que se movió un momento en el aire por sí
solo y volvió luego a su lugar original, uniéndose otra vez al oscuro cuerpo de forma de
nube. Y así ocurría siempre: cada vez que el dragón agarraba uno de los miembros entre
sus dientes, parecía morder en el vacío.
Sólo entonces se dio cuenta Atreyu de algo que antes no había notado: aquella criatura
horripilante no era un solo cuerpo sólido, sino que se componía de innumerables
insectos de un azul acerado, que zumbaban como avispones furiosos y, en enjambre
espeso, adoptando siempre nuevas formas. Era Ygrámul, y ahora sabía Atreyu por qué
lo llamaban «el Múltiple».
Atreyu salió de un salto de su escondite, cogió la Alhaja que llevaba al pecho y gritó,
tan fuerte como pudo:
-¡Alto! ¡En nombre de la Emperatriz Infantil! ¡Alto!
Sin embargo, en medio del rugir y jadear de aquellas criaturas que luchaban, su voz se
perdió. Apenas pudo oírla él mismo.

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