Estaba allí, pero estaba allí de una forma especial: era el centro de toda la vida de
Fantasia.
Y todas las criaturas, buenas o malas, hermosas o feas, divertidas o serias, necias o
sabias, todas, estaban allí sólo porque ella existía. Sin ella no podía subsistir nada, lo
mismo que no puede subsistir un cuerpo humano sin corazón.
Nadie podía comprender del todo su secreto, pero todos sabían que era así. Y por eso la
respetaban por igual todas las criaturas de aquel reino, y todas se preocupaban
igualmente por su vida. Porque su muerte hubiera sido también el fin de todos, el
hundimiento del inmenso reino de Fantasia.Los pensamientos de Bastián vagaban.
En su recuerdo, vio de pronto otra vez el largo pasillo de la clínica en que habían
operado a Mamá. Él se había quedado sentado esperando muchas horas con su padre
delante de la sala de operaciones. Cuando su padre había preguntado luego cómo estaba
Mamá, había recibido sólo respuestas evasivas. Nadie parecía saber exactamente cómo
estaba. Por fin había venido un hombre calvo de bata blanca, que parecía cansado y
triste. Les había dicho que todos los esfuerzos habían sido inútiles y que lo sentía
mucho. Les había dado a los dos la mano y había murmurado «mi sentido pésame».
Después, todo había cambiado entre su padre y Bastián.
No exteriormente. Bastián tenía todo lo que podía desear. Tenía una bicicleta de tres
marchas, un tren eléctrico, muchas tabletas de vitaminas, cincuenta y tres libros, un
hamster, un acuario con peces tropicales, una máquina de fotos pequeña, seis navajas y
todo lo imaginable. Pero, en el fondo, todo eso no le importaba nada.
Bastián recordaba que su padre; antes, había jugado de buena gana con él. A veces,
hasta le había contado o leído historias. Pero aquello había terminado. Ya no podía
hablar con su padre. Alrededor de éste había como una pared invisible que nadie podía
atravesar. A Bastián nunca lo reñía ni lo elogiaba. Tampoco dijo nada cuando lo
suspendieron. Sólo lo miró de aquella forma ausente y preocupada, y Bastián tuvo la
sensación de no estar allí. Esa sensación era la que casi siempre tenía con su padre.
Cuando, por la noche, se sentaban juntos delante de la televisión, Bastián se daba cuenta
de que su padre no la miraba, sino que estaba lejos, muy lejos con el pensamiento,
donde él no podía alcanzarlo. O algunas veces, cuando los dos tenían un libro, Bastián
se daba cuenta de que su padre no leía porque, durante horas, contemplaba la misma
página sin pasarla.
Bastián comprendía que su padre estaba triste. También él había llorado entonces
muchas noches, tanto que, a veces, tenía que vomitar a causa de los sollozos... pero
aquello había pasado poco a poco. Y, después de todo, él estaba allí. ¿Por qué no
hablaba su padre con él, por qué no hablaba de Mamá, de cosas importantes, y no
solamente de lo imprescindible?
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