12- prologo 8/10

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-¿Ya de vuelta?
-Sí -diría Bastián-.
-¿No hay colegio hoy? -Bastián vio ante sí la cara tranquila y triste de su padre y se dio
cuenta de que le sería imposible mentir. Pero tampoco podía decirle la verdad. No, lo
único que podía hacer era marcharse; a cualquier parte, muy lejos. Su padre no debía
saber nunca que su hijo se había vuelto ladrón. Y quizá ni se diera cuenta de que Bastián
no estaba ya. La idea resultaba incluso un tanto consoladora.
Bastián había dejada de correr. Ahora andaba despacio y, al final de la calle, vio el
edificio del colegio. Sin darse cuenta, había tomado su camino habitual. La calle le
pareció vacía, aunque había personas aquí y allá. Pero, a quien llega tarde al colegio, el
mundo que lo rodea le parece siempre muerto. De todas formas, le daba miedo el
colegio, escenario de sus fracasos diarios; le daban miedo los profesores, que le reñían
amablemente o descargaban sobre él sus iras; miedo los otros niños, que se reían de él y
no perdían oportunidad de demostrarle lo torpe y lo débil que era. El colegio le había
parecido siempre como una pena de prisión larguísima, que duraría hasta que creciera y
que él tenía que cumplir con muda resignación.
Pero cuando iba ahora por sus pasillos llenos de ecos, que olían a cera de pisos y a
abrigo mojado, cuando el siniestro silencio de la casa le taponó de pronto los oídos
como un trozo de algodón y cuando, finalmente, estuvo delante de la puerta de su clase,
pintada del mismo color espinaca seca que las paredes, comprendió que tampoco allí se
le había perdido nada. Tenía que irse. Y lo mejor era hacerlo ya.
¿Pero a dónde?
Bastián había leído en los libros historias de muchachos que se enrolan en un buque y se
van a correr mundo para hacer fortuna. Algunos se hacían también piratas o héroes, y
otros volvían ricos a su patria, unos años más tarde, sin que nadie sospechase quiénes
eran.
Pero una cosa así no se atrevía a hacerla Bastián. Ni siquiera podía imaginarse que lo
aceptaran como grumete. Además, no tenía la menor idea de cómo llegar a un puerto
donde hubiera buques apropiados para esas arriesgadas empresas.
Entonces, ¿a dónde?
Y de pronto se le ocurrió el lugar adecuado, el único en donde -por lo menos, de
momento- no lo buscarían y encontrarían.
El desván era grande y oscuro. Olía a polvo y naftalina. No se oía ningún ruido, salvo el
suave tamborileo de la lluvia sobre las planchas de cobre del gigantesco tejado. Fuertes
vigas, ennegrecidas por el tiempo, salían a intervalos regulares del entarimado,
uniéndose más arriba a otras vigas del armazón del tejado y perdiéndose en algún lado
en la oscuridad. Aquí y allá colgaban telas de araña, grandes como hamacas, que se
columpiaban suave y fantasmalmente en el aire. De lo alto, donde había un tragaluz,
bajaba un resplandor lechoso.

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