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Atreyu atravesó la puerta y miró a su alrededor extrañado. Detrás de él, la puerta se
cerró.

El reloj de la torre dio las cuatro.
La turbia luz del día que entraba por el tragaluz había ido desapareciendo. Sencillamente, estaba demasiado oscuro para seguir leyendo. Bastián sólo había podido descifrar la última página con esfuerzo. Dejó el libro a un lado.¿Qué podía hacer ahora?
Sin embargo, era seguro que en el desván había luz eléctrica. Bastián se dirigió a tientas hacia la puerta, en la semioscuridad, y tanteó la pared. No pudo encontrar ningún interruptor. Tampoco al otro lado había ninguno.
Bastián sacó una caja de cerillas del bolsillo del pantalón (siempre llevaba, porque le gustaba hacer pequeñas hogueras), pero estaban húmedas y sólo la cuarta encendió. Al débil resplandor de la llamita, buscó un interruptor, pero no lo había.
Con aquello no había contado. Ante la idea de que tendría que estar allí toda la tarde y toda la noche en una oscuridad total, sintió frío del susto. Ya no era un niño pequeño y, en su casa o en cualquier otro lugar conocido, no tenía miedo de la oscuridad, pero allí arriba, en aquel enorme desván con todas aquellas cosas extrañas, era muy distinto.
La cerilla le quemó los dedos y la tiró.Durante un rato se quedó así, escuchando. La lluvia había cesado y sólo tamborileaba aún, muy suavemente, en el gran tejado de chapa.Entonces recordó el oxidado candelabro de siete brazos que había descubierto entre los trastos. Se dirigió tanteando hacia aquel lugar, lo encontró y lo arrastró hasta sus colchonetas.Encendió las mechas de los gruesos pedazos de vela -los siete- e inmediatamente se difundió una luz dorada. Las llamas chisporroteaban suavemente y temblaban a veces
en la corriente de aire.Bastián respiró otra vez y volvió a coger el libro.

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