Lo juro. ¡Habla!
El enorme rostro azul acerado se inclinó un poco hacia adelante y zumbó de una forma
casi inaudible:
-Debes dejar que Ygrámul te muerda.
Atreyu retrocedió asustado.
-El veneno de Ygrámul -siguió diciendo la voz- mata en el plazo de una hora, pero da
también a quien lo recibe la facultad de trasladarse al lugar de Fantasia que desee.
¡Piensa en lo que ocurriría si eso se supiera! ¡A Ygrámul se le escaparían todas sus
víctimas!
-¿Una hora? -exclamó Atreyu-. Pero, ¿qué puedo hacer en una hora?
-Bueno... -susurró el enjambre-, en cualquier caso es más que todas las horas que aún te
quedan aquí. ¡Decídete!
Atreyu luchaba consigo mismo.
-¿Dejaréis en libertad al dragón de la suerte si os lo pido en nombre de la Emperatriz
Infantil? -preguntó por fin.
-No -respondió el rostro-, no tienes ningún derecho a pedirle eso a Ygrámul, aunque
lleves a ÁURYN, el Esplendor. La Emperatriz Infantil permite que todos seamos como
somos. Por eso también Ygrámul se inclina ante su signo. Y tú lo sabes muy bien.
Atreyu seguía teniendo la cabeza baja. Lo que Ygrámul decía era verdad. Así pues, no
podía salvar al dragón de la suerte. Sus propios deseos no contaban.
Se irguió y dijo:
-¡Haz lo que me has propuesto!
Con la rapidez del relámpago, la nube azul acerada cayó sobre él, rodeándolo por todas
partes. Atreyu sintió un furioso dolor en el hombro izquierdo y sólo pensó: «¡Al
Oráculo del Sur!».
Luego la vista se le nubló.
Cuando, poco después, el lobo llegó a aquel lugar, vio la enorme tela de araña... pero a
nadie más. El rastro que había seguido hasta entonces se interrumpía bruscamente y, a
pesar de todos sus esfuerzos, no pudo volver a encontrarlo.
Bastián se interrumpió. Se sentía mal, como si él mismo tuviera el veneno de Ygrámul
en el cuerpo.
