Fújur seguía durmiendo profundamente cuando
Énguivuck, con Atreyu, volvió a la cueva de los gnomos.
La vieja Urgl había preparado entretanto una mesita al
aire libre, cubriéndola con toda clase de cosas dulces y
espesos jugos de bayas y plantas.
Había además pequeños cuencos para beber y una jarrita
llena de una tisana caliente y aromática. Dos diminutas
antorchas, alimentadas con aceite, completaban la
escena.
-¡Sentaos! -ordenó la mujercita-. Atreyu tiene que comer
y beber algo antes para recuperar las fuerzas. La
medicina sola no basta.
-Gracias -dijo Atreyu-, pero me siento ya muy bien.
-¡No me lleves la contraria! -resopló Utgl-. Mientras estés aquí harás lo que se te diga,
¿entendido? El veneno de tu cuerpo ha sido neutralizado. Por lo tanto, no hace falta que
te apresures, muchacho. Tienes todo el tiempo que quieras, de manera que tómatelo con
calma.
-No se trata sólo de mí -objetó Atreyu-: la Emperatriz Infantil se está muriendo. Quizá
importe cada hora.
-¡Sandeces! -refunfuñó la viejecita-. Con prisas no se hace nada. ¡Siéntate! ¡Come!
¡Bebe! ¡Vamos! ¿A qué esperas?
-Según mi experiencia con esa mujer -susurró Enguivuck-, lo mejor es seguirle la
corriente. Cuando se le mete algo en la cabeza no hay nada que hacer. Además, nosotros
dos tenemos que hablar.
Atreyu se sentó con las piernas cruzadas ante la diminuta mesa y se sirvió. A cada trago
y cada bocado le parecía realmente como si una nueva vida cálida y dorada afluyera a
sus venas y músculos. Sólo entonces se dio cuenta de lo débil que había estado.
A Bastián se le hacía la boca agua. De repente le pareció oler la comida de los gnomos.
Husmeó el aire pero, naturalmente, era sólo imaginación.
