n cuanto volvió en sí, Atreyu, por un horrible segundo,
tuvo la idea de que Ygrámul lo había engañado y estaba
todavía en el desierto de piedra.
Se incorporó con dificultad. Y entonces vio que,
efectivamente, estaba en una montaña desierta, pero en
otra muy distinta. El terreno parecía componerse
totalmente de grandes
losas de piedra del color de la herrumbre, apiladas y
amontonadas unas sobre otras, de modo que formaban
toda clase de torres y pirámides. Entre ellas, pequeños
arbustos y hierbas cubrían el suelo. Hacía un calor
abrasador. El paisaje estaba envuelto en la luz de un sol
deslumbrante, cegador.
Atreyu se hizo sombra con la mano y vio a una
distancia de una milla una puerta de piedra, de forma irregular, cuyo arco estaba
formado por losas colocadas horizontalmente y que podría tener unos cien pies de
altura.
¿Sería aquélla la entrada del Oráculo del Sur? Hasta donde podía ver, detrás de la puerta
no había más que una llanura infinita; no había edificios, ni templos, ni bosques... nada
que pareciera la sede de un oráculo.
Mientras estaba pensando aún en lo que debía hacer, oyó de pronto una profunda voz de
bronce:
-¡Atreyu! -y luego otra vez-: ¡Atreyu!
Se volvió y vio venir, por detrás de una de las torres de piedra de color herrumbre, al
dragón blanco de la suerte. Le manaba sangre de las heridas y estaba tan debilitado que
sólo con esfuerzo pudo arrastrarse hasta Atreyu. Sin embargo, guiñó alegremente uno de
sus ojos de color rubí y dijo:
-No te extrañes demasiado de que esté aquí también, Atreyu. Es verdad que estaba
paralizado cuando colgaba de la tela de araña, pero oí todo lo que te dijo Ygrámul. Y
entonces pensé que también a mí me había mordido: ¿por qué no hacer uso igualmente
del secreto que te había confiado? Y así fue como me escapé.
Atreyu estaba radiante.
