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matorrales, unos arbustos que parecían hechos de hojalata oxidada y eran casi tan duros.
Era fácil herirse :con ellos si no se ponía cuidado.
Aproximadamente al cabo de una hora, Atreyu llegó a un camino empedrado con
piedras salientes de formas irregulares. Se decidió a seguirlo, pensando que tendría que
llevar a algún sitio, pero encontró más cómodo andar por el polvo junto al camino que
sobre el desigual empedrado. El camino seguía un curso sinuoso, y torcía a la derecha o
a la izquierda sin que pudiera descubrirse razón para ello, porque tampoco allí había
colinas ni ríos. En aquella región todo parecía torcido.
Atreyu no había andado mucho rato aún de aquella forma, cuando oyó en la lejanía un
ruido extraño y retumbante que se acercaba. Era como el sordo redoble de un gran
tambor, y mezclado con él se oían sonidos agudos, como de pequeñas flautas y
campanillas. Se escondió tras un arbusto al borde del camino y esperó.
La extraña música se acercó despacio y, finalmente, surgieron de la niebla las primeras
figuras. Evidentemente bailaban, pero no con un baile alegre o gracioso, sino que daban
saltos con movimientos sumamente extravagantes, se revolcaban por el suelo, se
arrastraban a cuatro patas y se comportaban como locos. Lo único que se oía entretanto
era el sordo y lento golpear del tambor, los agudos pitidos y un gemir y jadear de
muchas, gargantas.
Cada vez eran más: una comitiva que parecía no tener fin. Atreyu observó los rostros de
los danzantes, que eran grises como la ceniza y estaban inundados de sudor, aunque sus
ojos ardían con un brillo salvaje y febril. Muchos se azotaban con látigos.
«Son dementes», pensó Atreyu, y un escalofrío recorrió su espalda.
Por lo demás, pudo comprobar que la mayor parte de la procesión se componía de silfos
nocturnos, duendes y fantasmas. También había vampiros y muchas brujas, viejas con
grandes jorobas y pelos de chivo en la barbilla pero también jóvenes, que parecían
bellas y malvadas. Evidentemente, Atreyu había llegado a uno de los países de Fantasía
poblados de criaturas de las tinieblas. Si hubiera tenido aún a ÁURYN, se hubiera
dirigido a ellas sin titubear para preguntarles qué pasaba. Así, sin embargo, prefirió
esperar en su escondite a que la estrafalaria procesión hubiera pasado y el último
rezagado se hubiera perdido, saltando y cojeando, entre la niebla.
Sólo entonces se atrevió a volver al camino y mirar a la fantasmal comitiva. ¿Debía
seguirla o no? No podía decidirse. En realidad, ya no sabía qué debía o podía hacer.
Por primera vez sintió claramente cuánto necesitaba el amuleto de la Emperatriz Infantil
y qué desvalido estaba sin él. No era realmente por la protección que le había dado -
todos los esfuerzos y privaciones, todos los miedos y soledades había tenido que
soportarlos con sus propias fuerzas-, pero, mientras había llevado el Signo, nunca se
había sentido inseguro sobre lo que tenía que hacer. Como una brújula misteriosa, el
Signo había dirigido su voluntad y sus decisiones en la dirección adecuada. Ahora en
cambio era distinto: ya no había ninguna fuerza secreta que lo guiara.
Sólo para no quedarse paralizado, se obligó a sí mismo a seguir a la comitiva de
espectros, cuyo sordo tamborileo podía oírse aún en la lejanía.

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⏰ Última actualización: Jun 15, 2019 ⏰

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