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-De todas formas, íbamos a marcharnos ya -explicó el diminutense-. Sólo habíamos
hecho un alto a causa de la impenetrable oscuridad de este Bosque de Haule. Pero ahora
que está con nosotros, Blubb, podrá iluminarnos.
-¡Imposible! -exclamó el fuego fatuo-. No puedo esperar a alguien que monta en un
caracol.
-¡Pero si es un caracol de carreras! -dijo el diminutense un tanto molesto.
-Y además... ¡Huyhuy! -cuchicheó el silfo nocturno-. ¡Si no, no te diremos la dirección!
-¿Con quién estáis hablando? -gruñó el comerrocas.
Porque la verdad era que el fuego fatuo no había oído ya las últimas palabras de los
otros mensajeros, sino que se alejaba por el bosque a grandes saltos.
-Bueno -dijo -grandes el diminutense, echándose el sombrero de copa rojo hacia atrás-,
como alumbrado de carretera, un fuego fatuo quizá no hubiera sido de todas formas lo
adecuado.
Al mismo tiempo saltó a la silla de su caracol de carreras.
-También yo -declaró el silfo nocturno llamando con un suave ¡huyhuy! a su
murciélago- preferiría que cada uno viajara por su cuenta. ¡Al fin y al cabo, voy por el
aire!
Y ¡zas! desapareció.
El comerrocas apagó la hoguera golpeándola simplemente unas cuantas veces con la
palma de la mano.
-También yo lo prefiero -se le oyó rechinar en la oscuridad-. Así no tendré que
preocuparme de no aplastar cualquier cosa diminuta.
Y se le oyó penetrar en el bosquecillo sobre su potente bicicleta, con toda clase de
crujidos y chasquidos. De vez en cuando chocaba sordamente contra algún gigante
arbóreo y se le oía rechinar y gruñir. Lentamente, el estrépito se alejó en la oscuridad.
Uckuck, el diminutense, se quedó solo. Cogió las riendas de hilo de plata y dijo:
-Bueno, veremos quién llega antes. ¡Vamos, viejo, vamos!
Y chasqueó la lengua.
Y luego no se oyó nada más que el viento tempestuoso, que rugía en las copas de los
árboles del Bosque de Haule.
El reloj de la torre próxima dio las nueve.

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