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Con estas palabras, salieron al galope y la oscuridad de la noche se los tragó.
Al mismo tiempo sucedía en otro lugar de Fantasía algo que nadie observaba y de lo
que ni Atreyu y Artax, ni tampoco Caíron, tenían la menor sospecha.
En un páramo nocturno muy lejano, las tinieblas se concentraron para formar una figura
vaga y enorme. La oscuridad se fue espesando hasta que, incluso en aquella noche sin
luz, el páramo pareció un formidable cuerpo hecho de negrura. Sus contornos no eran
todavía precisos, pero se sostenían sobre cuatro zarpas y los ojos de su poderosa cabeza
peluda ardían con un fuego verde. Levantó el hocico en el aire y husmeó. Así estuvo
largo tiempo. Luego, de pronto, pareció haber encontrado el olor que buscaba, porque
un profundo gruñido de triunfo salió de su garganta.
Comenzó a correr. A saltos grandes y silenciosos, aquella criatura de las sombras
atravesaba velozmente la noche sin estrellas.

El reloj de la torre dio las once. Ahora empezaría el recreo. De los pasillos subía el
griterío de los niños, que corrían abajo por el patio del colegio.
A Bastián, que seguía sentado en cuclillas en las colchonetas de gimnasia, se le habían
dormido lis piernas. Al fin y al cabo, no era un indio. Se puso en pie, sacó el bocadillo
del colegio y una manzana de la cartera y comenzó a andar arriba y abajo por el desván.
Sentía un hormigueo en los pies, que lentamente se le despertaron.
Entonces se subió al potro de gimnasia y se sentó sobre él a horcajadas. Se imaginó que
él era Atreyu, galopando en la noche sobre Ártax. Se inclinó sobre el cuello de su
caballito.
-¡Hala! -gritó-. ¡Galopa, Ártax, ¡Hala, hala!
Luego se asustó. Era una imprudencia muy grande gritar tanto. ¿Y si alguien lo había
oído? Esperó un rato, escuchando. Pero sólo llegó hasta él el griterío de muchas voces
en el patio del colegio.
Un poco avergonzado, se bajó otra vez del potro. Realmente, se estaba comportando
como un niño pequeño. Desenvolvió el bocadillo y frotó la manzana contra su pantalón.
Sin embargo, antes de morderla se detuvo un segundo.
-No -se dijo a sí mismo en voz alta-, tengo que administrar cuidadosamente mis
provisiones. ¿Quién sabe para cuánto tiempo tendrán que bastarme?
Con el corazón oprimido, envolvió otra vez el bocadillo y lo metió de nuevo en la
cartera, juntamente con la manzana. Luego se dejó caer suspirando en las colchonetas y
cogió otra vez el libro.

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