74- La Voz Del Silencio

34 0 0
                                    

Bozosamente se adentró Atreyu en el bosque de columnas
que, a la clara luz de la luna, arrojaban sus sombras
negras. Un silencio profundo lo rodeó y apenas oía el sonido de sus propios pies descalzos. Ya no sabía quién
era ni cómo se llamaba, cómo había llegado hasta allí ni qué buscaba. Estaba lleno de asombro, pero no sentía preocupación alguna.
El suelo estaba cubierto por todas partes de mosaicos, con adornos enigmáticamente intrincados o misteriosas escenas y dibujos. Atreyu anduvo por él, subió anchas
escaleras, llegó a amplias terrazas, bajó otra vez escaleras y recorrió una larga avenida de columnas de
piedra. Las contempló una tras otra y le gustó que cada una estuviera decorada de una forma distinta y cubierta de distintos signos. De esa forma se fue alejando cada
vez más de la Puerta sin Llave.
Después de haber andado así quién sabe cuánto tiempo, percibió finalmente a lo lejos un
sonido flotante y se quedó inmóvil escuchándolo. El sonido se acercó: era una voz que cantaba, muy bella y argentina y alta como la de un niño, pero que sonaba infinitamente
triste e incluso parecía a veces sollozar. Aquella canción lastimera corría entre las columnas, veloz como una ráfaga de viento, se inmovilizaba luego en cualquier lugar,
subía y bajaba, se aproximaba y se iba, y a Atreyu le parecía como si describiera amplios círculos. No se movió y aguardó.
Poco a poco, los círculos que la voz trazaba en torno a Atreyu se hicieron más pequeños
y él pudo comprender las palabras de la canción:
«Todo una vez solamente acontece
y una vez sí deberá suceder.
Lejos, allí donde el campo florece,
debo morir y desaparecer...»
Atreyu se volvió, siguiendo a la voz que se agitaba inquieta entre columnas, pero no
pudo ver a nadie.
-¿Quién eres? -gritó.
Y, como un eco, la voz volvió:
-¿Quién eres?

La Historia Interminable Donde viven las historias. Descúbrelo ahora