15- Fantasía En Peligro

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sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los

animales del Bosque de Haule.

Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y

gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los

troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían.

De pronto, un resplandor suave cruzó en zig-zag por el

bosque, se quedó temblando aquí o allá, levantó el

vuelo, se posó en una rama y se apresuró a continuar.

Era una esfera luminosa, aproximadamente del tamaño

de una pelota, que daba grandes saltos, rebotaba de vez

en cuando en el suelo y volvía a flotar en el aire. Pero no

era una pelota.

Era un fuego fatuo. Y se había extraviado. Un fuego

fatuo infatuado, lo que resulta bastante raro, incluso en

Fantasia. Normalmente son los fuegos fatuos los que hacen que otros se infatúen.

En el interior del redondo resplandor se veía una figura pequeña y muy viva, que saltaba

y corría a más no poder. No era un hombrecito ni una mujercita, porque esas diferencias

no existen entre los fuegos fatuos. Llevaba en la mano derecha una diminuta bandera

blanca, que tremolaba a sus espaldas. Se trataba, pues, de un mensajero o de un

parlamentario.

No había peligro de que, en sus grandes saltos aéreos en la oscuridad, se diera contra el

tronco de algún árbol, porque los fuegos fatuos son increíblemente ágiles y ligeros y

pueden cambiar de dirección en mitad de un salto. A eso se debía su ruta en zig-zag,

porque, en general, se movía siempre en una dirección determinada.

Hasta que llegó a un saliente rocoso y retrocedió asustado. Jadeando como un perrito, se

sentó en la oquedad de un árbol y reflexionó un rato, antes de atreverse a asomar de

nuevo y mirar con precaución al otro lado de la roca.

Ante él se extendía un claro del bosque y allí, a la luz de una hoguera, había tres

personajes de clase y tamaño muy distintos. Un gigante que parecía hecho de piedra gris

y que tenía casi diez pies de largo estaba echado sobre el vientre. Apoyaba en los codos

la parte superior de su cuerpo y miraba a la hoguera. En su rostro de piedra erosionada,

que resultaba extrañamente pequeño sobre sus hombros poderosos, la dentadura

sobresalía como una hilera de cinceles de acero. El fuego fatuo se dio cuenta de que el

gigante pertenecía a la especie de los comerrocas. Eran seres que vivían

inconcebiblemente lejos del Bosque de Haule, en una montaña... pero no sólo vivían en

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