sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los
animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y
gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los
troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían.
De pronto, un resplandor suave cruzó en zig-zag por el
bosque, se quedó temblando aquí o allá, levantó el
vuelo, se posó en una rama y se apresuró a continuar.
Era una esfera luminosa, aproximadamente del tamaño
de una pelota, que daba grandes saltos, rebotaba de vez
en cuando en el suelo y volvía a flotar en el aire. Pero no
era una pelota.
Era un fuego fatuo. Y se había extraviado. Un fuego
fatuo infatuado, lo que resulta bastante raro, incluso en
Fantasia. Normalmente son los fuegos fatuos los que hacen que otros se infatúen.
En el interior del redondo resplandor se veía una figura pequeña y muy viva, que saltaba
y corría a más no poder. No era un hombrecito ni una mujercita, porque esas diferencias
no existen entre los fuegos fatuos. Llevaba en la mano derecha una diminuta bandera
blanca, que tremolaba a sus espaldas. Se trataba, pues, de un mensajero o de un
parlamentario.
No había peligro de que, en sus grandes saltos aéreos en la oscuridad, se diera contra el
tronco de algún árbol, porque los fuegos fatuos son increíblemente ágiles y ligeros y
pueden cambiar de dirección en mitad de un salto. A eso se debía su ruta en zig-zag,
porque, en general, se movía siempre en una dirección determinada.
Hasta que llegó a un saliente rocoso y retrocedió asustado. Jadeando como un perrito, se
sentó en la oquedad de un árbol y reflexionó un rato, antes de atreverse a asomar de
nuevo y mirar con precaución al otro lado de la roca.
Ante él se extendía un claro del bosque y allí, a la luz de una hoguera, había tres
personajes de clase y tamaño muy distintos. Un gigante que parecía hecho de piedra gris
y que tenía casi diez pies de largo estaba echado sobre el vientre. Apoyaba en los codos
la parte superior de su cuerpo y miraba a la hoguera. En su rostro de piedra erosionada,
que resultaba extrañamente pequeño sobre sus hombros poderosos, la dentadura
sobresalía como una hilera de cinceles de acero. El fuego fatuo se dio cuenta de que el
gigante pertenecía a la especie de los comerrocas. Eran seres que vivían
inconcebiblemente lejos del Bosque de Haule, en una montaña... pero no sólo vivían en
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