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«¿Así que eres invisible?
¿O eres también insensible?»

Se oyó un pequeño tintineo, que podía ser una risa o un sollozo, y la voz cantó:

«Sí y no y cara y cruz,
según y cómo se mire.
Nunca aparezco a la luz
para que nadie se admire.
Mi cuerpo es acento y tono
pero solamente audible,
y esta voz con que razono
es mi único ser posible.»

Atreyu se maravilló y avanzó cada vez más por el bosque de columnas, siguiendo a la
voz. Al cabo de un rato tenía preparada otra pregunta:

«No sé si te entiendo bien.
Tu figura, ¿es sólo ruido?
Y, cuando cesa el sonido,
¿entonces ya no eres quién?»

Y oyó la respuesta, otra vez muy cercana:

«Cuando la canción acabe,
a mí me sucederá
lo que todo el mundo sabe
que un día le pasará.
Así son las cosas, hijo,
aquí acaba el acertijo.
¡Muy pronto me ocurrirá!»

Otra vez se oyó aquel sollozo y Atreyu, que no entendía por qué lloraba Uyulala, se
apresuró a preguntar:

«¿Por qué estás tan triste? Te tengo cariño.
Eres aún muy joven. Tienes voz de niño.»

Y otra vez resonó como un eco:

«Pronto me iré con el viento.
Soy sólo una voz que gime.
El tiempo dura un momento,
de modo que dime, dime:
quiero saber qué te optime.»

La voz se había extinguido en algún lugar entre las columnas y Atreyu, que no podía oírla ya, volvió la cabeza hacia todos los lados. Durante corto tiempo reinó el silencio y luego la voz se acercó otra vez rápidamente desde lejos, sonando casi impaciente:

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