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Atreyu notó entonces que le ponían en los labios una pequeña copa.
-¡Medicina bonita, medicina buena! -murmuraron los pequeños y arrugados labios de
aquel rostro fruncido-. Bebe, hijo, bebe. ¡Te hará bien!
Atreyu tomó un sorbo. Sabía raro, un poco dulce y, sin embargo, amargo.
-¿Qué ha sido del dragón blanco? -dijo con esfuerzo.
-Todo está arreglado -respondió la voz cuchicheante-, no te preocupes, muchachito. Os
pondréis bien. Os pondréis bien los dos. Ya ha pasado lo peor. ¡Bebe, bebe!
Atreyu bebió otro trago y se durmió enseguida, pero esta vez con el sueño profundo y
reparador de la convalecencia.

El reloj de la torre dio las dos.
Bastián no podía aguantar más: tenía que ir urgentemente al retrete. Hacía ya rato que
tenía ganas pero, sencillamente, no había podido dejar de leer. Y además, le daba un
poco de miedo bajar. Se dijo a sí mismo que no había razón para ello: el colegio estaba
vacío y nadie lo vería. Y, sin embargo, tenía miedo, como si el propio colegio fuera un
ser vivo que lo observase.
Pero aquello no servía de nada: ¡tenía que ir!
Colocó el libro abierto sobre la colchoneta, se puso en pie y se dirigió a la puerta del
desván. Con el corazón palpitante, escuchó un rato. Todo estaba en silencio. Descorrió
el pestillo e hizo girar lentamente la gran llave en la cerradura. Cuando hizo presión
sobre el picaporte, la puerta se abrió con un fuerte chirrido.
Se deslizó en calcetines dejando detrás la puerta abierta, para no tener que hacer otra
vez ruidos innecesarios. Luego bajó de puntillas por la escalera hasta la primera planta.
Delante de él tenía el pasillo, con las puertas de las clases pintadas de verde espinaca. El
aseo de los alumnos estaba al extremo opuesto. Era más que tiempo y Bastián corrió
cuanto pudo. Llegó al lugar salvador literalmente en el último momento.
Mientras estaba sentado en el retrete, pensó en por qué los héroes de historias como
aquéllas no tenían nunca problemas de esa clase. Una vez -cuando todavía era mucho
más pequeño- había preguntado en clase de religión si Jesucristo tenía que hacer esas
cosas como un hombre corriente, ya que, como hombre corriente, comía y bebía. La
clase se había partido de risa y el profesor de religión le había puesto en el cuaderno de
notas una amonestación por «mal comportamiento». Pero Bastián no había recibido
ninguna respuesta. Y la verdad era que no había pretendido portarse mal.
«Probablemente», se dijo ahora, «esas cosas son secundarias y poco importantes, y por
eso no hay que mencionarlas en las historias».
Aunque para él, muchas veces, podían ser de una importancia desesperada y humillante.

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