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-¡Vaya educación! -oyó decir a sus espaldas a aquella voz refunfuñona-. Desde luego no
te sobra, porque, si no, te hubieras presentado por lo menos.
-Me llamo Bastián -dijo el muchacho-. Bastián Baltasar Bux.
-Un nombre bastante raro -gruñó el hombre-, con esas tres bes. Bueno, de eso no tienes
la culpa porque no te bautizaste tú. Yo me llamo Karl Konrad Koreander.
-Tres kas -dijo el muchacho seriamente.
-Mmm -refunfuñó el viejo-. ¡Es verdad!
Lanzó unas nubecillas de humo.
-Bueno, da igual cómo nos llamemos porque no nos vamos a ver más. Ahora sólo
quisiera saber una cosa y es por qué has entrado en mi ienda con tanta prisa. Daba la
impresión de que huías de algo. ¿Es cierto?
Bastián asintió. Su cara redonda se puso de pronto un poco más pálida y sus ojos se
hicieron aún mayores.
-Probablemente habrás asaltado un banco -sugirió el señor Koreander-, o matado a
alguna vieja o alguna de esas cosas que hacéis ahora. ¿Te persigue la policía, hijo?
Bastián negó con la cabeza.
-Vamos, habla -dijo el señor Koreander-. ¿De quién huyes?
-De los otros.
-¿De qué otros?
-Los niños de mi clase.
-¿Por qué?
-Porque... no me dejan en paz.
-¿Qué te hacen?
-Me esperan delante del colegio.
-¿Y qué?
-Me llaman cosas. Me dan empujones y se ríen de mí.
-¿Y tú te dejas?

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