— Puja mujer, hazlo por tu hijo — las quejas y los gritos por parte de Mauzzez no terminaban. Casi al amanecer había comenzado su labor de parto, ahora era cerca del medio día y ella continuaba dando a luz.
— No puedo, de verdad, créame que lo intento pero no puedo — dijo antes de gritar por el dolor ocasionado por una nueva contracción.
— ¡¿Cómo está?! — la impaciencia y preocupación le ganaron a Hakim, así que entró sin ningún permiso a los aposentos, pero Turhan se interpuso en su camino.
— ¿Que crees que haces? No puedes estar aquí hasta que ese príncipe nazca.
A Turhan no le importaba que su rompiera las reglas de las labores de alumbramiento, lo que de verdad le importaba era su propia mente, que le estaba haciendo una mala jugada: durante un largo tiempo, después del nacimiento del sehzade Zülfikar, por toda la capital se contó la historia de como el sultán había entrado a los aposentos de aquel monasterio para acompañar a su concubina a dar a luz, cientos de historias crecieron a raíz de eso y ahora su hijo hacía lo mismo.
— Es mujercita, es una sultana — dijo la partera cuando se escuchó el llanto de la bebé.
— ¿Una niña...? — Turhan se encontraba disgustada con la noticia — Soy padre de una niña, ¡Mamá, tuve una niña, soy padre de una princesa! — aquella bebé, que ni siquiera había visto, ya se había ganado el corazón de su padre.
— Su alteza lo lamento, debió ser niño — lágrimas caían del rostro de Mauzzez mientras tomaba a su pequeña en brazos.
— No digas nada, — la tomó del pecho de su madre — es perfecta, es mi hija.
Ni el mismísimo Hakim esperaba esa reacción, él quería un niño, o eso creía; ha este punto ya no importaba que fuera, ya la amaba y haría lo que fuera necesario para portegerla y cuidarla bien.
En alguna otra parte de la capital, Halime se encontraba de regreso al Palacio; ese día había estado en un hospital que no se encontraba en un muy buen estado, pero después de hacer un listado de las reparaciones y artículos que necesitaba, había llegado la hora de volver.
El viaje era tranquilo, las carreteras estaban en buenas condiciones y los caballos estaban descansados, por lo que no tardarían en llegar; o eso creyó Halime hasta que sintió que el carruaje se detuvo.
— ¿Qué pasa, Hamza? — no obtuvo una respuesta, así que decidió asomarse para ver lo que ocurría.
Un hombre, con el rostro cubierto, tapó la boca y nariz de su sultana con una tela de olor desagradable, para evitar que sus gritos se hicieran escuchar y hacerla perder el conocimiento. El velo, que solía cubrir su rostro al salir a la capital, no fue suficiente para protegerla de aquella droga.
Tras pocas horas de lo ocurrido ella despertó; rodeada de hombres que, en mayoría, ocultaban sus rostros en caso de que algo no saliera como se planeó, arrodillada y atada de manos.
— ¿Qué es lo que quieren? — uno de los hombres comenzó a reír, tras escuchar el temor en su voz — Sea lo que sea, se los puedo dar.
— Guarde el aliento, nosotros solo seguimos órdenes de Mustafa Pashá — ahora Halime sabía quién era uno de sus enemigos.
Primera regla para sobrevivir: jamás digas quien eres o para quien trabajas.
— Desde lejos se ve que eres una mujer de dinero, ¿Dueña de un prostíbulo? ¿De una taberna? ¿Mujer de algún Pashá? — la risa resonó en aquel lugar — ¿Esposa de nuestro sultán?
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Amable:Una sultana escondida |COMPLETA/CORRECCIÓN|
Historical FictionDolor, traición, venganza, rencor, deshonra y muy poco amor son el pan de cada día en el palacio de Topkapi ¿Qué darías tu por amor? ¿Eres capaz de renunciar a lo valioso? ¿O simplemente te resignas a perder lo que amas? ¿Realmente el amor soporta t...
