Las clases habían acabado por el día de hoy así que, sin nada más que hacer, me dispuse a volver a mi habitación y continuar con ese extraño mundo del espejo mágico en el que podía controlar a las personitas de adentro con unas cuchillas mágicas o algo así. Era adictiva esa cosa. Creo que lo llamaban videojuegos.
Conecté todo y comencé a jugar. Un anciano me había encomendado la misión de salvar a su nieta de una terrible bestia y había jurado que, si la regresaba sana y salva, me daría una recompensa legendaria. Una tentadora oferta.
Seleccioné la mejor arma que había conseguido hasta ahora, un hacha más grande que el sujeto que la usaba antes de quitarsela, y salí directo a la aventura.
Aquel mágico espejo era increíble. Todo parecía tan real y tan emocionante pero no necesitaba arriesgarme la vida de verdad para conseguir esa adrenalina.
Veinte minutos después, y muchos enemigos asesinados, llegué a la extraña cueva donde se escondía la criatura. Increíblemente la subestimé, de un solo golpe terminó conmigo y, por consecuencia, con la partida.
«Game over» decía en letras grandes.
Maldito animal, justo tenía que parecer un perro gigante. Lo detesto.
¡Maldito perro apestoso!
Hablando de perros, yo tenía algo que hacer...
-¡Ben! -recordé instantáneamente. Se supone que debería de estar en mi "clase" con el príncipe y no lo recordaba hasta ahora.
Maldición, iba una hora tarde.
Tenía que apresurarme y buscar una buena excusa por llegar tarde, no quería problemas con el futuro rey de Áuradon.
Si me preguntaba, le diría que estuve ayudando a Evie con unas cosas que ocupaba urgentemente, de seguro así no se molestaría conmigo. Podría argumentar eso de "Intento ser buen amigo" con él y seguramente funcionaría.
Terminé de fabricar mi mentira perfecta justo para cuando ya había llegado al lugar donde habíamos acordado, solo que había un problema: él no estaba ahí.
Sentí algo de furia de ver que mis esfuerzos por crear una mentira convincente se fueron por el caño. Solo esperaba que él tuviera una mejor para llegar incluso más tarde que yo.
Me recargué en un árbol cercano y me dispuse a esperar. Saqué mi libreta de mi mochila,no sé por qué no la dejé en mi habitación, con tanta prisa ni siquiera noté que la tomé, pero al menos tenía algo con lo que matar el tiempo.
Empecé a hacer garabatos, como siempre lo hacía en clases, lineas curvas sin una forma en específico. Al aburrirme de hacer lineas comencé a dibujar manchas, por alguna razón las manchas siempre me habían gustado, tal vez era porque me recordaban a mi madre y ese viejo abrigo que siempre usaba.
Sin darme cuenta, lo que antes eran simples lineas y manchas ahora se había convertido en un monstruo, un perro manchado. La silueta era idéntica a la raza de monstruos que mi madre más odiaba.
Solté la libreta al darme cuenta de lo que había dibujado y esta cayó entre hojas secas que crujieron con el impacto.
¿Por qué había dibujado a un perro?
Ahora no podía sacarme de la mente al horrible canino que rondaba mis pesadillas. Todo sería mejor si los perros no existieran.
Tomé la libreta del suelo y la sacudí para quitar toda la suciedad de ella. Esperaba poder librar mi mente de los animales dibujando otra cosa.
Arranqué la página anterior, la arrugué y lancé tan lejos como pude.
Maldición, detesto esperar, y Ben aun no aparece. Podría irme y alegar que él nunca llegó, pero no quería que el futuro rey se molestara conmigo. Además, quería saber por qué no había llegado. Ben nunca olvida un compromiso.
Me olvidé de los garabatos y mejor seguí con mi pasatiempo favorito: diseñar.
Todo lo que sé lo aprendí de mi madre. Antes de que enloqueciera era la más grande diseñadora del mundo, todos querían sus diseños e incluso matarían por haberlos tenido.
Tenía mis propios diseños, nunca se los mostraba a nadie por pudor, pero me enorgullecía de todos. Quizás no fuera tan bueno como mi madre, pero tenía talento. No necesitaba pensar mucho, solamente me concentraba y la pluma seguía su propio camino.
Comencé dibujando un cuerpo esbelto y alargado. Le agregué brazos delgados y piernas finas, y finalmente opté por vestir a mi nueva creación con la mayor finura posible: le dibujé un sombrero de ala ancha sobre el cabello corto y lacio, unos guantes y un collar de diamantes, si iba a dibujar a alguien no sería a una cualquiera.
Para darle mas estilo a mi obra maestra, le dibujé un abrigo ostentoso y voluminoso, que le llegara hasta los talones y con tacones altos.
Entonces recordé la historia que mi madre, Cruella, siempre me contaba cuando estaba asustado y no podía dormir sobre el abrigo de manchas mágico que podía proteger al que lo usara del invierno mas crudo que jamás existiera, de los hechizos de los poderosos magos, del fuego del dragón más grande, de las burlas y de los sentimientos más hirientes, pero sobre todo de los perros más salvajes y feroces.
Esa historia siempre me tranquilizaba cuando los lobos atacaban nuestro lado de la isla en la luna llena.
Mi madre tenía un pedazo de aquel abrigo mágico, era su mayor tesoro y yo era la única persona en quien confiaba para decirle el secreto. Lo guardaba en un cofre de madera oculto entre los muebles de nuestra casa y solo lo sacaba cuando consideraba que yo lo necesitaba.
Pensé en que ese abrigo podría ser lo que le faltaba a mi obra para mejorarla así que comencé a rellenar unas manchas en las vestimentas de mi creación.
Cuando terminé pude notar que la similitud entre los dos dibujos era enorme. Por un momento pensé en que el abrigo mágico podría estar echo de piel de perro pero luego recapacité, nadie sería tan valiente como para arrancarle la piel a un dalmata salvaje.
Estaba tan sumido en mi trabajo que nunca noté que se hacía tarde y que estaba a punto de oscurecer.
Viendo que era obvio que Ben no vendría, me dispuse a volver.
Iba camino a mi habitación cuando el príncipe hizo acto de presencia. Llegó corriendo y lucía algo desaliñado probablemente por las prisas.
-Llegas un poco tarde -le reclamé. Quería oír la excusa que me diría y meterme un poco con él. El que fuera el príncipe no le exonera de cumplir con sus compromisos.
-Lo siento, lo olvidé por completo -se disculpó. Se detuvo frente a mí y se apoyó en sus rodillas para recuperar el aliento después de haber corrido.
Me extrañó su franqueza pero es lo que se espera de un rey ¿o no?
-Si hay alguna forma de compensarte por hacerte esperar todo el día solo dímelo y lo haré.
-No te aconsejo que hagas eso.
-¿Hacer qué? -se incorporó.
-Deber favores... y mucho menos a un villano -le expliqué.
-¿Cuántas veces les he dicho que no son villanos? Los villanos son sus padres, ustedes pueden ser buenos.
-No creo que lo comprendas pero no tenemos opción, es nuestro destino ser malos, está en nuestra sangre.
» Y sobre tu oferta... lo pensaré y te avisaré cuando ocupe ese favor -dije. Se sentía fenomenal tener al príncipe comiendo de mi mano. Definitivamente aprovecharía está oportunidad, pero no hoy.
-¿A dónde vas ahora?
-A dormir. No lo he hecho desde... ¡esta mañana! -bromeé para tratar de persuadirlo y posponer mi clase de convivencia con perros.
-Entonces iniciaremos otro día con tu... problema de perros -gritó para que lo escuchara. Por un instante creí que se olvidaría de eso.
-Eh... si... otro día, pero no faltes que no quiero esperar otras cuatro horas hasta que su real majestad decida aparecer -Hice una reverencia para intentar provocarlo un poco, lamentablemente Ben es muy paciente.
Si quería obligarme a pasar tiempo con esas sucias ratas que llaman perros, no le sería tan fácil tratar conmigo.
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Pieles y coronas
FanfictionLa vida de Carlos nunca ha sido un cuento de hadas. Ahora tiene una nueva oportunidad para rehacerla fuera de la isla. Ser bueno, es la parte difícil. El mundo es muy distinto aquí y si creías que los villanos eran malos, deberías conocer a la reale...
