Confesiones -8-

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Los celos. Son una respuesta compleja y perturbadora, que surge cuando una percibe una amenaza hacia algo que considera como .

Vi mi reloj y era tarde, tenía que irme. Mientras mi Jos pedía la cuenta jugueteaba con mi cabello abrazándome por detrás y mordisqueándome la oreja. Nos subimos a su carro y yo me sentía ansiosa.


¿Por qué?

Quizá no fue suficiente el tiempo y quería seguir escuchando anécdotas de su vida, de sus canciones, de su grupo, de su familia, había descubierto en él otras facetas que me atraían aún más a su lado, como su lado cómico, como reí esa tarde. Sentí su mano acariciando mis mejillas y volteé al instante.


—¿Qué pasa preciosa, te asusté?, ¿en qué estabas pensando? —sonrió y admiré esa sonrisa que me derretía.


—En ti —le devolví la sonrisa.


—¿Dónde vives princesa? —arrancó el carro.


—¡Ah, no!, me tienes que llevar a casa de Ángel —el nombre de mi mejor amigo inconscientemente lo dije tan bajito que pensé que no me había escuchado o quizá disminuí mi voz con la infantil idea de escucharme sin escuchar.


—¿Qué? ¿A dónde? —hizo gestos bajando las cejas y volteándome a ver serio— ¿Qué vas a hacer ahí? —estaba molesto y sentí el palpitar de mi corazón.


—¿Por qué no te cae bien?, ¿qué te ha hecho él? —contesté instantáneamente.


—No me respondas con otra pregunta —detuvo el carro que solo había avanzado unos metros dentro del estacionamiento.


—¡Es tarde, me tengo que ir, me llevas o le hablo que venga por mí! —era la primera vez que le hablaba en un tono distinto, un tono más firme, un poco molesta pero no enojada, porque no lo estaba, más bien me encontraba algo confusa, sorprendida, un poco asustada por su reacción.


Me miró con los ojos muy abiertos de no poder creer mi contestación, por unos segundos que fueron eternos siguió dirigiéndome esa mirada seria con sus cejas casi juntas de lo enojado que estaba y soltó mi mano. Arrancó velozmente el carro en el estacionamiento y nos fuimos sin rumbo. Me puse el cinturón rápidamente y miré hacia enfrente; seguía asustada y con ganas de llorar, humedecí un poco los labios y los mantuve oprimidos como una forma de mantener el control y tranquilizarme.


—Es por el otro lado de la calle, vas en dirección contraria —apenas pude articular palabras, no quería que se me quebrara la voz.

Se dio la vuelta rápida y toscamente. Me quería bajar e irme a refugiar con mi amigo.

¿Por qué actuaba así?, ¿acaso había pasado alguna situación en su escuela que Ángel pasara desapercibida y José no?, ¿pero era como para odiarlo tanto?

Seguí repitiéndome varias preguntas.

Le fui diciendo por donde llegar, estaba más cerca de lo que había imaginado y llegamos en cuestión de minutos, además de restarle tiempo por la forma en que iba manejando. Apagó el carro y dirigió completamente su cuerpo hacia mí, seguía serio con las cejas fruncidas y me miraba de forma tal que me sentía odiada, no era una sensación agradable, sentí como mis sentimientos me volvieron a traicionar y mis ojos se humedecieron.


¡No voy a llorar, no seas tonta! ¡No llores!

Sentía su mirada fija esperando algo, no sé qué, ¿explicaciones acaso?, ¿justificaciones?, ahora, de pronto, por el simple hecho de salir con él, ¿debería quedarme sin amigos? Era un precio poco alto para pagar... Volvió a cuestionarme.

Malos EntendidosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora