No hay sábado sin sol -9-

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Una vez, una persona me dijo: No hay sábado sin sol. Cuánta razón tenía.

Gran parte de la noche estuvimos hablando.


—Creo que no vale la pena involucrarme más con él —dije tristemente.


—Eran celos Violeta, todo este tiempo eran solo celos; ahora entiendo muchas cosas, sus actitudes, sus miradas y su forma de comportarse —miró hacia el vacío.


—No me gustan las personas agresivas, ni celosas, ni posesivas, él es todo eso y quizá más —me recargué un poco en el respaldo del sillón y tapé mi cara con mis manos.


—No —Ángel me tomó de las manos—, no llores de nuevo, piensa bien lo que quieres hacer, pero no hoy, deja descansar tu corazón para que razones con tu cabecita.


—Si, quizá tienes razón —miré sus hermosos ojos—, siento mucho lo que pasó, no quería armarte un escándalo en tu casa, tú sabes que lo que menos me gusta en este mundo son las peleas y los gritos, perdón —mis ojos eran suplicantes y sinceros.


—Yo lo sé, no tienes que disculparte de nada, tú no tienes la culpa de lo que pasó, igual vecinos metiches y chismosos en donde quiera viven —rio despacio y sentí un poco de alivio.


—¿Sabes?, dudo que después de lo que pasó podamos volver a hablar.


—¿Hablarte?, pero si tiene que disculparse de rodillas contigo —volvió a reír, esta vez con una risa más fuerte y contagiosa, sentí otra vez alivio.


—¿Estás bien? —le acaricié el cabello sin apartar la mirada.


—Si, solo que recordar es poquito doloroso —bajó la mirada— no estoy obsesionado ni nada, ni estoy pensando en estar solo por siempre, sólo que por el momento no estoy interesado en encontrar a nadie, quiero enfocarme en mi carrera, quiero trabajar con mi papá en su firma, quiero viajar después de graduarme y conocer otros lugares, otras personas, otras comidas, ¿me entiendes?


—Claro que te entiendo, todo en su momento, y ese momento aun no es prioridad —contesté sonriendo.


—Sí, si llega de nuevo el amor está bien, si no, pues... —levantó la ceja— hay una persona que me espera.


Toda la noche estuve pensando y logré conciliar el sueño aún más tarde; estaba mal porque no logré avanzar nada en mis pendientes, pero por otro lado dudo que pudiera concentrarme.


Desperté y me asomé a la ventana, tenía la tonta idea de verlo ahí afuera, esperando o algo así, era una idea tonta por lo que miré el cielo y vi nublado; los días nublados son mis días favoritos, los adoro, apenas veo que vienen las nubes y ya estoy de excelente humor; pero esta vez parecía que ni las nubes grises lograban hacerme sentir mejor.

Era sábado y una vez una persona me dijo: ¡no hay sábado sin sol!


Tomé mi celular, y subí el volumen a la música mientras preparaba el baño. Me bañé con agua fría, sentía que solo así podría despejar mi cabeza, me puse la bata de baño y cepillé mi cabello. No quería hacer ruido, aunque eran apenas pasadas las 7 am, suponía que Ángel seguiría dormido. Salí del cuarto a la cocina para poner la cafetera y quedé boquiabierta al dar la vuelta.


—Hola —apenas movió los labios para pronunciar palabra.


—¿Qué haces aquí, José? —no podía creerlo, pasaban muchas cosas por mi mente, son esos pensamientos que se te disparan mil imágenes por segundo sin poder controlarlos, sentía que el estómago se me revolvía.


—Nos trajo café y lo invité a desayunar con nosotros —salió la voz de Ángel desde el fondo de la cocina, quien ya preparaba algo en la waflera.

Malos EntendidosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora