Él -2-

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La casualidad nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiere ocurrido pedir. Alphonse de Lamartine

Llegó Ángel e interrumpió mi visión; rió.

—¿A quién ves?

—A nadie —me paré rápidamente, sacudí el pantalón y giré suavemente.

Toda la noche seguí viendo su imagen: alto, delgado, de muy buen ver, cabello desarreglado, algo así como rubio oscuro. Engreído por su forma de vestir y caminar, con esa sonrisa confiada. Pero lo que me enamoró de él fue su mirada, como si estuviera enojado; eso lo hacía verse como el típico chico malo.

Pasaron unos días para confesarle a Ángel quién era esa persona por la que me quedaba pensativa. Un lunes muy temprano lo vimos en la cafetería de la universidad de mi amigo, sentado junto con varios amigos, riendo tan fuerte como si no les importara que hubiera más personas a su alrededor. Ángel me tomó del brazo.

—Chaparra, ¿él te gusta? Se llama José, y él no ve más allá de su grupito de amigos.

Quizá tenía razón, quizá no. Pero ¿a quién le hacía yo daño solo con ver? Todas las veces que iba por mi amigo a su facultad, siempre guardaba la esperanza de verlo de lejos, porque de cerca nunca me atreví a estar a menos de cinco metros de distancia.

Era miércoles cuando me dirigía a la misma banca de cemento donde solía esperar a
Ángel. Observé que estaba recargado en el árbol. Miré de reojo; sentí que me observaba y sonreí un poco, me intimidó y no me atreví a mirarlo de nuevo. por lo que nunca supe si me devolvió la sonrisa. Obviamente no pude siquiera sentarme cerca, así que seguí caminando derecho. Podía jurar que sentía sus ojos en mi espalda.

Llegó el fin de semana. El sábado salimos a un bar donde un grupo tocaba música en vivo. Nos sentamos varios amigos alrededor de una mesita redonda, donde apenas cabían las bebidas y donde la música era agradable.

Escuchaba la voz del vocalista cantar, ronca, como si arrastrara con fuerza el aire al exhalar. No pude evitar mover la cabeza hasta lograr verlo entre tanta gente.

Era él. Era José.

Quedé boquiabierta. Tomé a Ángel de la cara con las dos manos e hice que mirara. Nos quedamos igual de sorprendidos. No podía creerlo... ¡cantaba! Su voz era perfecta. Eran versiones de rock, cantadas a su estilo.

Me quedé viéndolo hasta que nuestras miradas se cruzaron, por lo que desvié la mía hacia abajo y luego hacia otro lado, un poco avergonzada. No podía creerlo... ¿por qué me intimidaba tanto?

Volví a levantar solo la mirada, porque mi cabeza nunca se movió de lugar. Y ahí estaba él, viéndome. Sentí que me sonrió un poco mientras cantaba.

Le devolví la sonrisa y me volteé completamente hacia Ángel.

—¿Viste? ¿Viste eso? No hagas obvio que te estoy diciendo. Simula que estamos platicando algo normal.

Ángel asintió con media sonrisa.

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