Miedo -83-

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Un fantasma es el aire inflado con los cachetes del miedo. Diario Garabato. E. Trevizo

 

Terminé de acomodar mi ropa. Mi segundo día en la ciudad y apenas me di cuenta que mi refrigerador estaba vacío.

No será lo único así, en esta casa.

 

Fui al supermercado y compré lo necesario, luego ocupé mi tarde en tonterías, y mientras decoraba mi espacio prendí el radio y comencé a escuchar música. Después de un rato escuché su voz y se me cayó un vaso de las manos, era él y su presencia en el viento me petrificó, cerré los ojos para que mis lágrimas se regresaran, me hinqué y me cubrí la cabeza con mis manos.

La canción se terminó y me levanté sintiéndome patética, apagué el radio, lo desconecté y lo metí debajo de mi cama; sería la ultima vez que lo prendería.

¿Por qué?

Debía olvidarlo, yo lo daba todo por él, lo hubiera dejado todo y tal vez en este momento estuviéramos juntos. Abrí uno de mis cajones y saqué de una bolsita mi anillo con mi adularia, lo acaricié una y otra vez, luego me lo puse y miré mi mano extendida, así, tal y como lo hice la vez que mi Jos me lo obsequió, el día que le entregué algo más que mi cuerpo, mi alma, la que hoy tengo que recuperar. Cómo hacerlo si con su frialdad, su falta de amor e infidelidad la desvaneció, se perdió y aún no sabe cómo regresar a mí.

Él ya no me amaba, me lo dijo y lo entendí. ¿Por qué estaría con alguien tan insignificante como yo? Tiene a cientos de mujeres que mueren por él ¿Por qué elegirme de nuevo?

 

Mi celular timbró y me extrañé.

-Hola –la voz reconfortante de mi hermana-, ¿estás bien?

-No, tengo gripa –mentí.

Hablamos largo rato y por ese tiempo dejé de fingir felicidad.

-Sabemos que terminaste con tu Jos.

No respondí porque el dolor en mi pecho abría de nuevo el hueco.

-Lo sabemos por lo que pone en sus redes.

-¿Qué pone? No…, no me lo digan.

-Perdón.

-Está bien, estoy bien, las extraño.

Realmente esas últimas dos palabras no lograban abarcar todo el dolor que sentía. Esa noche, igual que la anterior tuve insomnio. Escuché ruidos, voces y crujidos que mi mente aún no se grababa, y por lo mismo no me acostumbraba a los nuevos sonidos. Prendí la televisión y bajé el volumen. Tenía miedo. En la madrugada, al final me dormí.

Después de varios días inclaustrada en ese gran cuarto, mi mente y su parte aún cuerda me recordaban que tenía que comenzar a vivir. Eran las 6:00 pm y salía al fin de mi escondite, caminé recorriendo las calles despacio, memorizando sus detalles, su esencia y la gente. Llegué a un parque y me senté, luego pasó un anciano demostrándome que a cualquier edad se puede tener una sonrisa grande, dibujada y expuesta en el rostro. Vendía nieves y le compré una.

Malos EntendidosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora