La misión más importante

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Otra interminable junta.

Ya no bastaba con haber mostrado todos los informes, balances y proyecciones posibles. Daniel seguía pidiendo documentos, aclaraciones y detalles irrelevantes. Nadie ignoraba que ya no buscaba información; buscaba desgastar.

Camila, la hija de Armando y Betty, había permanecido en silencio durante toda la reunión. Desde que terminó sus estudios asistía a cada junta de Ecomoda y, aunque se había ganado el respeto de muchos, seguía siendo el blanco favorito de Daniel cuando quería incomodar a sus padres.

-Bueno... creo que esto será suficiente -dijo Daniel al fin, tras casi cuatro horas.

El alivio fue inmediato.

Las sillas se movieron, las carpetas se cerraron y los directivos abandonaron la sala. Cada uno regresó a sus asuntos.

Armando tomó el camino habitual hacia la oficina de Betty.

Daniel, en cambio, esperó.

Esperó hasta asegurarse de que todos estuvieran distraídos.

Y entonces caminó hacia una oficina en particular.

La de Camila.

Ella apenas había terminado de acomodar unos documentos cuando escuchó la puerta abrirse.

Al levantar la vista, se encontró con Daniel de pie en el umbral.

Algo en su expresión le erizó la piel.

-Don Daniel... ¿se le ofrece algo? -preguntó con cortesía.

Daniel cerró la puerta tras de sí.

El sonido del pestillo resonó demasiado fuerte.

-Muchas cosas, Camila.

Ella sintió un nudo en el estómago.

-Pero ahora mismo... solo quiero conversar.

Dio un paso hacia ella.

Camila retrocedió instintivamente.

-No tengo nada que conversar con usted.

-Qué lástima -respondió él con una sonrisa que no alcanzó sus ojos-. Porque yo sí tengo mucho que decir.

La distancia entre ambos se redujo.

Demasiado.

Camila podía sentir cómo el aire se volvía pesado.

-Sus padres creen que pueden desafiarme en cada junta, en cada decisión... y nunca pasa nada.

Otro paso.

-Pero todo el mundo tiene un punto débil.

La sangre se le heló.

-¿Qué quiere decir?

-Creo que lo entiendes perfectamente.

Por primera vez, Camila sintió auténtico miedo.

No discutió.

No intentó razonar.

Simplemente hizo lo que había hecho toda su vida cuando se sentía en peligro.

Llamó a su padre.

-¡¡PAPÁ!!

El grito atravesó el piso entero.

Daniel perdió la compostura.

-¡¿Qué estás haciendo?!

Intentó detenerla, pero ya era tarde.

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⏰ Última actualización: Jun 08 ⏰

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