Marlena y August están discutiendo tan alto que puedo oírles a veinte kilómetros de distancia. Me detengo a las puertas del camerino, no muy seguro de querer interrumpirles. Pero tampoco quiero quedarme escuchando. Por fin me armo de valor y pego la boca a la lona.
—¡August! ¡Oye, August!
Las voces se acallan. Se oye un roce y uno de ellos chista al otro.
—¿Qué pasa? —pregunta August.
—¿Clive ha dado de comer a los felinos?
Su rostro se asoma por la abertura de la cortina.
—Ah, sí. Bueno, ha habido algunas dificultades, pero ya se me ha ocurrido una cosa.
—¿Qué?
—Llegará mañana. No te preocupes. No les va a pasar nada. Dios mío —dice estirando el cuello para ver detrás de mí—. ¿Y ahora qué pasa?
Tío Al se dirige hacia nosotros a grandes pasos con su chaleco rojo y la chistera; sus piernas enfundadas en cuadros devoran la distancia. Le siguen sus acólitos, dando nerviosas carreritas para mantenerse a su altura.
August suspira y me abre la cortina de la tienda.
—Puedes pasar y tomar asiento. Parece que vas a recibir tu primera lección de negocios.
Me agacho y entro. Marlena está sentada delante de su tocador, con las piernas y los brazos cruzados. Balancea un pie, furiosa.
—Querida mía —dice August—. Recomponte.
—¿Marlena? —dice Tío Al al otro lado de la cortina de lona de la tienda—. ¿Marlena? ¿Puedo entrar, querida?
Marlena chasca los labios y pone los ojos en blanco.
—Sí, Tío Al. Por su puesto, Tío Al. Por favor, pasa, Tío Al—canturrea.
La cortina de la tienda se abre y Tío Al entra, transpirando profusamente y con sonrisa de oreja a oreja.
—Ya hemos llegado a un acuerdo—dice mientras se para delante de August.
—O sea que ya es tuyo —le dice August.
—¿Eh? ¿Qué? —responde Tío Al, parpadeando sorprendido.
—El monstruo —dice August—. Charles Nosequé.
—No, no, no. Olvídate de él.
—¿Cómo que <<olvídate de él>>?—dice August—. Creí que él era la razón por la que estábamos aquí. ¿Qué ha pasado?
—¿Qué? —dice Tío Al algo despistado. Unas cuantas cabezas se asoman detrás de él y niegan con vehemencia. Uno de los acompañantes hace el gesto de cortarse el cuello.
August les mira y suspira:
—Ah, se lo ha quedado Ringling.
—No te preocupes por eso —dice Tío Al—. Tengo novedades..., ¡magníficas novedades! ¡Incluso podría decirse que son novedades mastodónticas! —se vuelve para mirar a sus seguidores, que le reciben con sentidas carcajadas. Él se gira de nuevo—. Adivina.
—No tengo ni idea, Al —dice August.
Al se vuelve expectante hacia Marlena.
—No lo sé —dice ella enfadada.
—¡Hemos comprado un paquidermo! —grita Tío Al abriendo jubiloso los brazos. Su bastón golpea a uno de los adeptos, que da un salto hacia atrás.
A August le cambia la cara.
—¿Qué?
—¡Un paquidermo! ¡Un elefante!
—¿Tienes un elefante?
—No, August. Tú tienes un elefante. Se llama Rosie, tiene cincuenta y tres años y es increíblemente lista. La mejor que tenían. Estoy impaciente por ver el número que montas para ella... —cierra los ojos para percibir mejor la imagen. Agita los dedos delante de la cara. Sonríe con éxtasis, con los ojos cerrados—. Imagino que intervendrá Marlena. Puede montarla durante el desfile y en la Gran Parada, y luego tú puedes hacer un número estrella en la pista central. ¡Ah, toma! —se da la vuelta y chasquea los dedos—. ¿Dónde está? Vamos, vamos, idiotas.
Aparece una botella de champán. Con una profunda reverencia se la ofrece a Marlena para que la inspeccione. Luego le quita el cierre de alambre y abre la botella.
Unas copas de flauta aparecen detrás de él y se posan sobre el tocador de Marlena.
Tío Al sirve pequeñas cantidades en ellas y nos pasa una a Marlena, otra a August y otra a mí.
Levanta la última en el aire. Los ojos se le nublan. Suspira profundamente y se lleva una mano al pecho.
—Es un gran placer para mí celebrar este inolvidable momento con vosotros..., mis amigos más queridos en el mundo—se balancea hacia delante sobre sus pies enfundados en polainas y consigue derramar una lágrima real, que rueda por su gorda mejilla—. No sólo tenemos veterinario, y un veterinario que ha estudiado en Cornell nada menos, además tenemos un elefante. ¡Un elefante! —solloza de felicidad y hace una pausa, abrumado—. He esperado este día durante años. Y esto no es más que el principio, amigos míos. Ahora jugamos en la liga de los grandes. Un espectáculo a tener en cuenta.
Detrás de él llegan aplausos aislados. Marlena mantiene su copa en equilibrio sobre la rodilla. August sujeta la suya rígidamente frente a sí. Salvo para agarrar la copa, no ha movido ni un músculo.
Tío Al levanta su copa de champán.
—¡Por El Espectáculo Más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini! —exclama.
—¡Por los Hermanos Benzini! ¡Por los Hermanos Benzini! —se escuchan voces a sus espaldas. Marlena y August permanecen en silencio.
Al vacía la copa y se la da al más cercano de sus partidarios, que se la mete en un bolsillo de la chaqueta y sale de la tienda detrás de él. La cortina se cierra y de nuevo nos quedamos los tres solos.
Hay un instante de quietud absoluta. Luego August sacude la cabeza, como si volviera en sí.
—Supongo que será mejor que vayamos a ver a ese camelo—dice vaciando la copa de un solo trago—. Jacob, ahora ya puedes ocuparte de esos malditos animales. ¿Estás contento?
Le miro con los ojos muy abiertos. Luego yo también me bebo la copa. Por el rabillo del ojo veo que Marlena hace lo mismo.
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Agua para Elefantes
RomanceEn los difíciles años treinta Jacob lo ha perdido todo: familia, amigos, futuro... y decide enrolarse como veterinario en un circo ambulante. Envueltos por el fascinante espectáculo de los Benzini transcurren años de penuria en los que Jacob también...
