August observa el destrozo por un momento y levanta la mirada.
—¿Creéis que no me doy cuenta de lo que está pasando? —sus ojos perforan a Marlena, sus sienes palpitan—. Oh, eres buena, querida —sacude los dedos ante ella y sonríe—. Eso hay que reconocerlo. Eres muy buena.
Vuelve al tocador y apoya el bastón sobre la mesa.
Se inclina sobre ella y se mira en el espejo. Se retira hacia atrás el mechón de pelo que le ha caído sobre la frente y se lo alisa con la mano. Luego se queda inmóvil, con la mano todavía en la frente.
—Cu-cú —dice mirándonos en el reflejo—. Os veo.
La cara horrorizada de Marlena me mira desde el espejo.
August se gira y levanta el tocado de lentejuelas rosas de Rosie.
—Y ése es el problema, ¿verdad? Que os veo. Vosotros creéis que no, pero os veo. Debo admitir que esto fue un detalle muy bonito —dice dando vueltas al tocado en la mano—. La esposa devota escondida en el armario, dedicada a sus labores. ¿O no fue en el armario? Tal vez fuera aquí mismo. O acaso fuisteis a la tienda de la puta esa. Las putas se cuidan unas a otras, ¿no es cierto? —me mira a mí—. Bueno, ¿dónde lo hacíais, eh, Jacob? ¿Dónde te has follado a mi mujer exactamente?
Agarro a Marlena del codo.
—Venga. Vámonos —digo.
—¡Ajá! ¡O sea que ni siquiera lo negáis! —grita.
Sujeta el tocado con los nudillos blancos y tira de él, gritando con los dientes apretados, hasta que lo rasga en zigzag.
Marlena chilla. Deja caer las copas del champán y se tapa la boca con una mano.
—¡Pedazo de puta! —grita August—. Golfa. ¡Perra sarnosa! —con cada epíteto más y más el tocado.
—¡August! —grita Marlena dando un paso adelante—. ¡Para! ¡Para ya!
Sus palabras parecen hacer efecto, porque se detiene. Mira a Marlena y parpadea. Mira el tocado que tiene en las manos. Luego vuelve a mirarla, confuso.
Tras una pausa de varios segundos, Marlena se adelanta.
—¿Auggie? —dice con cautela. Le mira con los ojos suplicantes—. ¿Te encuentras bien?
August le observa ofuscado, como si acabara de despertarse y se hubiera encontrado allí inesperadamente. Marlena se acerca despacio.
—¿Cariño? —dice.
Él mueve la mandíbula. Arruga la frente y el tocado cae al suelo.
Creo que he dejado de respirar.
Marlena llega a su lado.
—¿Auggie?
La mira. La nariz le tiembla. Entonces, le da un empujón tan violento que la tira sobre las fuentes volcadas y la comida. Da un largo paso hacia delante, se inclina e intenta arrancarle el collar del cuello. El cierre se resiste y acaba arrastrando a Marlena del cuello mientras ella grita.
Cruzo el espacio que nos separa y me lanzo sobre él. Rosie ruge detrás de mí al tiempo que August y yo caemos rodando sobre los platos rotos y la salsa derramada. Primero yo encima de él, golpeándole en la cara. Luego, él encima de mí, me atiza en un ojo. Me deshago de él y le obligo a ponerse de pie.
—¡Auggie! ¡Jacob! —chilla Marlena—. ¡Parad!
Le empujo hacia atrás, pero él me agarra de las solapas y los dos nos derrumbamos sobre la mesa de tocador. Escucho unos lejos tintineos cuando el espejo se desintegra a nuestro alrededor. August me empuja y nos volvemos a enganchar en el centro de la tienda.
Rodamos por el suelo, gruñendo, tan pegados que siento su aliento en la cara. Ahora soy yo el que está encima descargando puñetazos; ahora es él, que me golpea la cabeza contra el suelo. Marlena corretea alrededor de nosotros y nos grita que paremos, pero no podemos. Al menos yo no puedo; toda la rabia, el dolor y la frustración de los pasados meses se ha canalizado a través de mis puños.
Ahora estoy mirando la mesa volcada. Ahora a Rosie, que tira de su pata encadenada y barrita. Ahora estamos de pie otra vez, aferrados cada uno al cuello, a las solapas del otro, ambos esquivando y encajando puñetazos. Por fin caemos contra la cortina de la entrada y aterrizamos en medio de la multitud que se ha reunido fuera.
En cuestión de segundos me encuentro sujeto, retenido por Grady y Bill. Por un instante parece que August va a venir por mí, pero la expresión de su cara magullada cambia. Se pone de pie y se sacude el polvo tranquilamente.
—Estás loco. ¡Loco! —le grito.
Me mira con frialdad, se estira las mangas y vuelve a entrar en la tienda.
—Soltadme —ruego girando la cabeza primero hacia Grady y luego hacia Bill—. ¡Por el amor de Dios, soltadme! ¡Está loco! ¡La va a matar! —me debato con tanta fuerza que consigo hacerles avanzar unos cuantos pasos. Desde dentro de la tienda oigo el ruido de platos rotos y un grito de Marlena.
Grady y Bill gruñen y plantan las piernas con firmeza para impedir que me suelte.
—No lo hará —dice Grady—. Por eso no te preocupes.
Earl se separa de la muchedumbre y se inclina a para entrar en la tienda. Los ruidos cesan. Se oyen dos golpes sordos y luego uno más fuerte, y luego un silencio denso.
Me quedo inmóvil, con la mirada clavada en la desierta superficie de lona.
—Ya está. ¿Lo ves? —dice Grady sin dejar de agarrarme con fuerza del brazo—. ¿Estás bien? ¿Te podemos soltar ya?
Asiento en silencio, con la mirada todavía fija.
Grady y Bill me liberan, pero poco a poco. Primero aflojan la presión de las manos. Luego me sueltan, pero se quedan cerca, vigilándome constantemente.
Una mano se posa en mi cintura. Walter está a mi lado.
—Venga, Jacob —dice—. Vámonos.
—No puedo —respondo.
—Sí. Puedes. Venga. Vamos.
Miro la tienda silenciosa. Al cabo de unos segundos arranco mi mirada de la lona abultada y me alejo.
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Agua para Elefantes
RomanceEn los difíciles años treinta Jacob lo ha perdido todo: familia, amigos, futuro... y decide enrolarse como veterinario en un circo ambulante. Envueltos por el fascinante espectáculo de los Benzini transcurren años de penuria en los que Jacob también...
