Ahora que la adrenalina ya no corre por mis venas, vuelvo a sentir la cabeza más grande que el cuerpo y me tambalea por los pasillos hasta que llego al final de los compartimentos.
Tengo que tomar una decisión. O vuelvo a subirme al techo o cruzo el vagón de dirección, donde es muy posible que todavía haya alguien despierto jugando a las cartas, y paso además por los coches cama, momento en el que tendré que subirme para entrar en el vagón de los caballos. Así que decido trepar antes mejor que después.
Casi está por encima de mis posibilidades. Me duele la cabeza y tengo el equilibrio seriamente limitado. Me subo a la barandilla de una plataforma exterior y logro escalar el techo a duras penas. Una vez allí, me tumbo en la pasarela, agotado y débil. Paso diez minutos recuperándome y luego empiezo a arrastrarme. Tengo que descansar de nuevo al otro lado del vagón, derrumbado entre las barandillas. Estoy totalmente extenuado. No sé cómo voy a poder seguir, pero tengo que hacerlo porque si me quedo dormido aquí caeré del tren en la primera curva que tomemos.
El zumbido ha vuelto y los ojos me dan saltos. Vuelo por encima del gran abismo cuatro veces, convencido cada una de ellas de que no voy a lograrlo. A la quinta casi no lo consigo. Mis manos alcanzan las finas barras de hierro, pero me doy un golpe en el estómago con el borde del vagón. Me quedo colgando, aturdido, tan cansado que me pasa por la cabeza cuánto más fácil sería abandonarse. Es como se debe de sentir en el último momento la gente que se ahoga, cuando por fin dejan de luchar y se entregan al abrazo del agua. Es un violento desmembramiento.
Reacciono y me impulso con las piernas hasta que me sujeto al borde superior del coche. A partir de allí es relativamente fácil remontarse, y un segundo después estoy otra vez tumbado en el techo del vagón, respirando con dificultad.
El silbato del tren suena y levanto mi inmensa cabeza. Estoy en el techo del vagón de los caballos. Sólo tengo que llegar hasta el tragaluz y dejarme caer. Me arrastro hasta allí a trompicones. Está abierto, lo que me extraña porque creo recordar que lo dejé cerrado. Me deslizo por él y me precipito al suelo. Uno de los caballos relincha y sigue gruñendo y piafando, molesto por algo.
Giro la cabeza. La puerta exterior está abierta.
Me doy la vuelta a toda prisa y miro la puerta interior. También está abierta.
-¡Walter! ¡Camel! -grito.
No se oye nada más que el sonido de la puerta que golpea suavemente la pared, siguiendo el ritmo de las traviesas que traquetean debajo de nosotros.
Me pongo de pie y voy a la puerta. Doblado sobre mí mismo, y apoyándome con una mano en el quicio de la puerta y con la otra en el muslo, inspecciono el interior de ma habitación con los ojos extraviados. La sangre se me ha ido de la cabeza y el campo de visión se me vuelve a llenar de fogonazos blancos y negros.
-¡Walter! ¡Camel!
Empiezo a recuperar la vista poco a poco, por lo que me encuentro girando la cabeza para intentar ver las cosas por la periferia. La única luz es la que entra por las rendijas y revela un camastro vacío. El jergón también lo está, lo mismo que la manta del rincón.
Voy tambaleándome hasta la fila de baúles y me inclino por encima de ellos.
-¿Walter?
Sólo me encuentro con Queenie, que tiembla hecha una bola. Levanta la mirada aterrada y ya no me cabe la menor duda.
Me desplomo en el suelo, desbordado por la pena y la culpabilidad. Tiro un libro contra la pared. Doy puñetazos en el suelo. Sacudo los puños contra el cielo y contra Dios, y cuando por fin cedo a un llanto incontrolable, Queenie sale detrás de los baúles y se me sube a las piernas. Abrazo su cuerpo cálido hasta que nos quedamos meciéndonos en silencio.
Quiero creer que llevarme el cuchillo no ha cambiado las cosas. Pero así y todo, le dejé sin su cuchillo, sin una mínima oportunidad.
Quiero creer que han sobrevivido. Intento imaginarlo: los dos rodando por el suelo cubierto de musgo del bosque entre juramentos indignados. Seguro que en este mismo instante Walter está yendo a buscar ayuda. Habrá acomodado a Camel en un sitio resguardado y habrá ido a buscar ayuda.
Vale. Vale. No está tan mal como imaginé al principio. Iré por ellos. Por la mañana agarraré a Marlena y volveremos hasta la ciudad más próxima y preguntaremos en el hospital. Tal vez incluso en la cárcel, por si en el pueblo los han tomado por vagabundos. No será demasiado difícil deducir cuál es la ciudad más cercana. Puedo localizarla por la proximidad del...
No puede ser. No pueden haber hecho eso. Nadie puede haber dado luz roja a un anciano impedido y a un enano en un puente. Ni siquiera August. No siquiera Tío Al.
Paso el resto de la noche planeando diferentes formas de matarles, dándoles vueltas a las ideas en la cabeza y saboreándolas, como si estuviera jugando con cantos rodados.
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Agua para Elefantes
RomantikEn los difíciles años treinta Jacob lo ha perdido todo: familia, amigos, futuro... y decide enrolarse como veterinario en un circo ambulante. Envueltos por el fascinante espectáculo de los Benzini transcurren años de penuria en los que Jacob también...
