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CONTINUACIÓN

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Uno de los chimpancés necesita una caricia, así que le dejo que se me acomode en la cadera mientras hago la ronda de la carpa. Llego a una amplia área vacía y deduzco que es la de la elefanta. Es posible que August tenga dificultades para bajarla del tren. Si estuviera mínimamente bien con él, iría a ver si puedo echarle una mano. Pero no lo estoy.

—Hola, Doc —dice Pete—. Otis dice que una de las jirafas se ha resfriado. ¿Quieres echarle un vistazo?

—Por supuesto —contesto.

—Vamos, Bobo —dice Pete mientras intenta hacerse con el chimpancé.

Las patas y los brazos peludos del mono se abrazan a mí con más fuerza.

—Vamos, hombre —le digo intentando liberarme de sus brazos—. En seguida vuelvo.

Bobo no mueve ni un músculo.

—Venga, vamos —digo.

Nada.

—De acuerdo. Un último abrazo y se acabó —digo pegando mi cara a su piel oscura.

El chimpancé dibuja una sonrisa enorme y me besa en la mejilla. Luego se baja, se agarra a la mano de Pete y sale con los andares bamboleantes de sus patas arqueadas.

Una pequeña cantidad de pus fluye del largo tracto nasal de la jirafa. Es algo que no me inquietaría en un caballo, pero, dado que no sé mucho de jirafas, prefiero jugar sobre seguro y aplicarle un cataplasma en el cuello, maniobra que requiere una escalera, con Otis a los pies para facilitarme los ingredientes.

La jirafa es tímida y bella, y posiblemente una de las criaturas más extrañas que haya visto en mi vida. Su cuello y patas son delicados, el cuerpo oblicuo y cubierto de manchas como piezas de un rompecabezas. Unas extrañas protuberancias peludas emergen de lo más alto de su cabeza triangular, entre sus grandes orejas. Sus ojos son grandes y oscuros, y tiene los belfos aterciopelados de un caballo. Lleva puesto un arnés y me sujeto a él, pero la verdad es que se queda bastante quieta mientras le limpio la nariz y le envuelvo el cuello en franela. Cuando termino, bajo de la escalera.

—¿Puedes sustituirme un rato?—le pregunto a Otis mientras me limpio las manos con un trapo.

—Claro. ¿Por qué?

—Tengo que ir a un sitio —digo.

Otis entorna los ojos.

—No irás a largarte, ¿verdad?

—¿Qué? No. Claro que no.

—Será mejor que me lo digas a la cara, porque si vas a hacerlo yo no pienso cubrirte.

—No me voy a marchar. ¿Por qué iba a marcharme?

—Por culpa de... Bueno, ya sabes. De ciertos acontecimientos.

—¡No! No voy a marcharme. Y olvídalo ya, ¿de acuerdo?

¿Es que no hay nadie que no se haya enterado de los detalles de mi infortunio?



Me voy a pie, al cabo de unos tres kilómetros, llego a una área residencial. Las casas están deterioradas, y muchas tienen tableros en las ventanas. Paso por una cola del pan, una larga fila de gente desaliñada y desmoralizada que sale de la puerta de una misión. Un chico negro se ofrece a limpiarme los zapatos y, aunque me gustaría que lo hiciera, no tengo un solo centavo en mi haber.

Por fin llego a una iglesia. Me quedo un buen rato sentado en uno de los bancos del fondo, con la mirada fija en las vidrieras que hay detrás del altar. Aunque deseo profundamente la absolución, soy incapaz de afrontar la confesión. Finalmente, me levanto del banco y voy a encender unas velas votivas por mis padres.

Cuando estoy a punto de marcharme veo a Marlena; debe de haber entrado mientras yo estaba en la capilla lateral. Sólo puedo verla de espaldas, pero estoy seguro de que es ella. Está en el primer banco, con un vestido amarillo pálido y un sombrero a juego. Su cuello es frágil, los hombros cuadrados. Unos cuantos rizos de cabello castaño se asoman por debajo del sombrero.

Se arrodilla en un cojín para rezar y un puño de hierro se cierra alrededor de mi corazón.

Salgo de la iglesia antes de causarle más daño a mi alma.


Cuando regreso a la explanada, Rosie ya está instalada en la carpa de las fieras. No sé cómo, y no lo pregunto.

Sonríe cuando me acerco, y luego se rasca un ojo cerrando la punta de la trompa como un puño. La observo durante un par de minutos y luego paso por encima de la cuerda. Ella pega las orejas y entorna los ojos. El corazón me da un vuelco porque creo que me está respondiendo. Entonces oigo la voz.

—¿Jacob?

Me quedo mirando a Rosie un par de segundos más antes de girarme.

—Oye una cosa —dice frotando la punta de una de sus botas contra la tierra—. Sé que he sido un poco brusco contigo estos últimos días.

Se supone que yo debería decir algo en este punto, algo que le hiciera sentirse mejor, pero no lo hago. No me siento especialmente conciliador.

—Lo que quiero decir es que he ido un poco lejos. Agobios del trabajo, ya sabes. Pueden acabar con una persona —alarga la mano—. Así que, ¿somos amigos otra vez?

Me tomo unos segundos más y la estrecho. Después de todo es mi jefe. Ya que he tomado la decisión de quedarme, sería una tontería exponerme a que me despidan.

—Buen chico —dice apretándome la mano con fuerza y propinándome una palmada en el hombro con la otra—. Esta noche os voy a sacar por ahí a Marlena y a ti. Para que me perdonéis los dos. Conozco un rinconcito genial.

—¿Y el espectáculo?

—No tiene sentido hacer el espectáculo. Todavía nadie sabe que estamos aquí. Eso es lo que pasa cuando alteras la ruta y cambias todos los planes—suspira—. Pero Tío Al sabrá lo que hace. Digo yo.

—No sé... —digo—. Lo de anoche fue un poco... fuerte.

—¡Un clavo saca otro clavo, Jacob! ¡Un clavo saca otro clavo! Ven a las nueve —sonríe feliz y se marcha.

Le miro alejarse, pensando en lo poco que me apetece pasar un rato en su compañía, y en lo mucho que me gustaría pasarlo con Marlena.

Agua para ElefantesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora