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CONTINUACIÓN

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La carpa de las fieras de los Hermanos Fox ya está tomada por el personal de los Hermanos Benzini. Corren de un lado a otro llenando abrevaderos, echando heno y retirando estiércol. Se han levantado algunas partes de la tienda para crear una corriente de aire. Nada más al entrar recorro la carpa en busca de animales con problemas. Afortunadamente, todos parecen encontrarse muy bien.

La elefanta se yergue al fondo de la tienda: es una bestia enorme del color de las nubes de tormenta.

Nos abrimos paso entre los trabajadores y nos paramos delante del animal. Es descomunal. Por lo menos mide tres metros de alto hasta los hombros. Su piel es manchada y cuarteada, como el cauce de un río seco, desde la punta de la trompa hasta sus anchas patas. Sólo sus orejas son tersas. Nos mira con unos ojos escalofriantemente humanos. Son de color ámbar, muy hundidos en su cara y con unas pestañas muy largas.

—Dios santo —dice August.

Alarga la trompa, que se agita como una criatura independiente, hacia nosotros. Ondea delante de August, luego de Marlena y finalmente de mí. En su extremo, un apéndice parecido a un dedo se agita y se contrae. Las fosas nasales se abren y cierran, soplan y bufan, y luego se retira. Cuelga de su cara como un péndulo, como un inmenso gusano musculoso. El dedo recoge del suelo hebras perdidas de heno y luego las deja caer de nuevo. Observo la trompa vacilante y deseo que vuelva a acercarse. Extiendo la mano para ofrecérsela pero ya no regresa.

August la mira consternado y Marlena sencillamente la observa. No sé lo que pensar. Nunca he visto un animal tan grande. Sobrepasa mi cabeza casi metro y medio.

—¿Es usted el encargado de la elefanta? —pregunta un hombre que se nos acerca por la derecha. Lleva la camisa sucia y fuera de los pantalones, saliéndose por los lados de los tirantes.

—Soy el director ecuestre y el encargado de los animales—responde August estirándose todo lo alto que es.

—¿Dónde está el domador de elefantes? —dice el hombre mientras lanza un salivajo de tabaco por la comisura de la boca.

La elefanta alarga la trompa y se la pone encima del hombro. Él se la quita y se pone fuera de su alcance. La elefanta abre la boca con forma de pala en lo que sólo podría describirse como una sonrisa y empieza a balancear la cabeza, manteniendo el ritmo con las oscilaciones de la trompa.

—¿Para qué quiere saberlo? —le pregunta August.

—Sólo quiero intercambiar unas palabras con él, eso es todo.

—¿Por qué?

—Para que sepa en lo que se está metiendo —dice.

—¿Qué quiere decir?

—Dígame quién es el domador de los elefantes y se lo diré.

August me agarra del brazo y tira de mí.

—Este es. Él es mi domador de elefantes. Bueno, ¿en qué nos estamos metiendo?

El hombre me mira, aplasta la bola de tabaco contra el fondo de la mejilla y sigue dirigiéndose a August.

—Este que ven aquí es el animal más estúpido que hay sobre la faz de la Tierra.

August parece asombrado.

—Creía que era el mejor elefante. Al dijo que era el mejor de todos.

El hombre sorbe y escupe un chorro de saliva marrón en dirección a la inmensa bestia.

—Si fuera la mejor, ¿por qué iba a ser la única que queda? ¿Creen que son el primer circo que viene a recoger los restos? Pero si han tardado tres días en llegar. Bueno, que tengan suerte —se gira para marcharse.

—Espere —dice August apresuradamente—. Cuénteme más cosas. ¿Es mala?

—No. Sólo es más tonta que mandada hacer de encargo.

—¿De dónde procede?

—De un número ambulante de elefantes, de un cochino polaco que cayó muerto en Libertyville. El ayuntamiento la daba por cuatro perras. Pero no fue ninguna ganga, porque desde entonces no ha hecho nada más que comer.

August le mira pálido.

—¿O sea que ni siquiera estaba en un circo?

El hombre pasa por encima de la cuerda y desaparece detrás del animal. Regresa con un palo de un metro de largo con un pincho metálico de diez centímetros en la punta.

—Aquí tienen la pica para la elefanta. La van a necesitar. Que tengan suerte. En lo que a mí respecta, si no vuelvo a ver a un paquidermo en lo que me queda de vida, me parecerá poco tiempo —escupe otra vez y se marcha.

August y Marlena se quedan mirándole. Yo vuelvo la vista a tiempo de ver cómo la elefanta saca la trompa del abrevadero. La levanta, apunta y le lanza un chorro de agua al hombre con tal fuerza que le arranca el sombrero de la cabeza.

Él se para con el pelo y la ropa chorreando. Se queda quieto unos instantes. Luego se seca la cara, se inclina para recoger el sombrero, hace una reverencia a los asombrados trabajadores de la carpa y sigue su camino.

Agua para ElefantesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora