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CONTINUACIÓN

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Le abrocho los pantalones a Camel, le agarro por las axilas y vuelvo a meterle en el cuarto. Arrastra las piernas con los talones rozando el suelo.

—Madre mía —dice mientras le coloco en el camastro—. ¿Qué te parece?

—¿Te apetece comer algo? —le digo, intentando cambiar el tema.

—No, todavía no. Pero una gota de whisky me sentaría bien —sacude la cabeza lentamente—. Nunca he oído hablar de una mujer con un corazón más frío.

—Todavía puedo oíros, ¿sabéis?—gruñe Walter—. Y además, tú no eres el más indicado para hablar, viejo. ¿Hace cuánto que no ves a tu hijo?

Camel se pone pálido.

—¿Eh? No puedes contestar, ¿verdad que no? —continúa diciendo Walter desde fuera del cuarto—. No hay mucha diferencia entre lo que hiciste tú y lo que hizo mi madre, ¿verdad?

—Sí la hay —exclama Camel—. Hay una gran diferencia. Y además, ¿tú cómo coño sabes lo que hice?

—Hablaste de tu hijo una noche que estabas borracho —digo con calma.

Camel me mira durante unos segundos. Luego su cara se contrae. Se lleva una mano inerte a la frente y retira la mirada.

—Ah, mierda —dice—. Mierda. No sabía que lo sabíais. Tendríais que habérmelo dicho.

—Pensé que lo recordarías—digo—. De todas formas, él no contó mucho. Sólo dijo que te marchaste.

—¿<<Sólo dijo>>? —la cabeza de Camel se gira de golpe—. ¿Cómo que <<sólo dijo>>? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Te has puesto en contacto con él?

Me siento en el suelo y pongo la cabeza en las rodillas. Parece que va a ser una noche muy larga.

—¿Qué has querido decir con <<sólo dijo>>? —aúlla Camel—. ¡Te estoy haciendo una pregunta!

Suspiro.

—Sí, nos hemos puesto en contacto con él.

—¿Cuándo?

—Hace poco.

Me mira pasmado.

—Pero ¿por qué?

—Hemos quedado en vernos en Providence. Te va a llevar a casa.

—Ah, no —dice Camel negando violentamente con la cabeza—. De eso nada.

—Camel...

—¿Por qué diantres habéis hecho eso? ¡No teníais ningún derecho!

—¡No teníamos alternativa!—grito. Paro, cierro los ojos y me calmo—. No teníamos alternativa —repito—. Había que hacer algo.

—¡No puedo volver! No sabéis lo que pasó. No quieren saber nada de mí.

Los labios le tiemblan y cierra la boca. Retira la cara. Un momento después, sus hombros empiezan a estremecerse.

—Joder —digo. Levanto la voz y grito al otro lado de la puerta—: ¡Eh, gracias, Walter! ¡Has sido de gran ayuda esta noche! ¡Te lo agradezco mucho!

—¡Que te den! —responde.

Apago la lámpara de petróleo y gateo hasta mi manta. Me tumbo en su rasposa superficie y luego me vuelvo a incorporar.

—¡Walter! —grito—. ¡Eh, Walter! Si no vuelves, voy a dormir en el jergón.

No hay respuesta.

Agua para ElefantesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora