46. Medicina

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Mis párpados apenas se sostienen, mi cuerpo suda, no pienso con claridad, no hay algún pensamiento que se mantenga, me siento horrible, pesado, mi respiración lejos esta de ser amena, no puedo pensar en nada ni siquiera en la intensa lluvia que hay afuera, ni si quiera todo ese ruido me puede distraer y como temía que pasara de a poco se va sumando levemente una migraña a mi estado actual.

Enfermé. Sep, bueno ya era extraño que no hubiera pasado por mis bajas defensas, aun así no pensé que me pasaría esto, puede que tenga la cabeza en las nubes...

¿De qué estarán hechas las nubes? Son raras y blancas y tengo calor, me pesa todo el cuerpo, no puedo distraerme, me siento mal.

— Mmm.

Como si hubiera corrido unas mil vueltas a la isla bajo el sol con una mochila llena de piedras o elefantes en mi espalda, sí, elefantes.

— Mier... –murmuro cuando siento una punzada en la cabeza.

Pero no, no corrí mil vueltas con ningún tipo de animal, ni un Murdoc tampoco en mi espalda,  estoy así, afiebrado y con mocos a mas no poder,  porque me quedé dormido con la ventana abierta. Fue hace unos dos días, me resfrié y empeoré y ahora estoy aquí, en mi cama destapado, con las sabanas en el suelo, aunque antes alguien las hubiera dejado en mis piernas, con el sudor impregnado, mi pelo desordenado y ojeras mas grandes que las habituales.

No sé que hora es pero parece que ya ha sido una eternidad desde que desperté con fiebre y un ligero dolor de oídos.

— ¿Como estas? –escucho una voz extrañamente suave y extrañamente  bastante agradable. Ni siquiera le escuché entrar.

Murdoc...

— Te quiero –se escapa aquel pensamiento sin siquiera darme cuenta.

Murdoc cuida de mí y me cura, cuando está cerca son los únicos momentos en los que puedo centrarme en algo, en él.

— ¿Me escuchaste? –pregunta con una pequeña sonrisa que para mi suerte no se apresura por detener– ¿Como te sientes?.

— Muriendo –respondo y una mueca aparece en su rostro.

— ¿Te han dado migrañas? –pregunta aun con aquella voz más calmada de lo habitual que tranquiliza mi malestar. Debería hablar así más seguido, es lindo.

— Un poco, ahora.

Toca mi frente con su palma y ni siquiera es necesario que acerque su frente a la mía para que se de cuenta de que estoy ardiendo.

— No ha bajado mucho la fiebre –despeja mis cabellos del rostro y me permito  viajar por cada facción frente a mí, sus labios, sus pupilas bicolor, pestañas, sus cejas que se esconden gradualmente por su pelo un tanto desordenado, su mentón, su peculiar nariz, mejillas, por la pequeña barba que se asoma por aparecer, por su piel, y al pasar por todos estos lugares me doy cuenta que cada parte que veo me gusta– ¿Te duelen los oídos aún? –pregunta y vuelvo después de perderme en él.

— No –susurro sintiendome en calma, sus caricias y su cercanía me reconfortan como una melodía.

Mi respiración vuelve a la normal, sigo cansado pero ya no tanto, le veo frente a mí y puedo sonreir.

— Tendré que ponerte un paño mojado en la frente, pensé que la fiebre bajaría con las pastillas que tomaste, pero no funcionó.

Creo que se le olvida que soy quien puede tomar medio frasco de píldoras y seguir vivo.

— Más –murmuro y la tranquilidad se va cuando su mano deja de abrazar mi rostro.

— No, puede ser peligroso, solo te daré tus píldoras para la migraña. No estas en el mejor estado como para intoxicarte en remedios ahora –bufa un tanto molesto.

ConfidenteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora