Katakuri (1/2)

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De ladrones y pachorra.
Katakuri x OC.

No le gustaban aquellos lugares. No solo por el incordio que suponía la Marina una vez que salía del territorio de su madre, sino por el pavor que sentían todos aquellos que se cruzaban en su camino. Los pocos que conseguían guardar la compostura eran algunos piratas novatos del Grand Line que se creían destinados a ser importantes en el Nuevo Mundo. A ese lado de la Red Line, ni siquiera se comprendía qué era el haki...

Si no tuviese un hermano tan despreciable e incapaz de quedarse quieto, aquello no ocurriría. Lo quería, sí —al fin y al cabo eran hermanos—, pero tenía solo quince años y ya se creía capaz de navegar por el mundo por su cuenta. Como si ya estuviese a la altura de su apellido. A Katakuri no le gustaba que fuese tan vanidoso; solo daba problemas. Y entonces se encontraba allí, en una isla cercana a Sabaody y sin saber qué hacer con él. Como era el hermano que se encontraba más cerca de la Red Line le encargaron vigilarlo, salvarlo y traerlo de vuelta, pero no dejaba de sentir que estaba abandonando sus responsabilidades. Como si una banda cualquiera de Paradise tuviese algo que hacer contra él...

Por lo menos aquella isla era interesante. Estaba llena de grandes edificios de hormigón armado que tocaban las nubes de tormenta que allí siempre se acumulaban. Los pararrayos conectaban el cielo de la isla y le daban una entidad mágica. Sobre todo por el hecho de que resguardaban semáforos flotantes para los vehículos que transitaban por el aire. La cúpula que rodeaba la gran ciudad de la isla evitaba la peor parte del temporal y reutilizaba la electricidad para alimentar las instalaciones de la isla. Se notaban los grandes avances que habían hecho y el olor a lluvia y plástico de las calles lo confirmaban. Esa ciudad sería digna de estar en el Nuevo Mundo. Si no fuese por sus escasas defensas. Aprovechaban el dinero para reconstruir los desperfectos, pero no parecía la mejor táctica. Aún no había visto ninguna base de la Marina desde que había llegado.

—¿Se te ha perdido algo por aquí?

Una chica de cabello naranja contuvo un grito mordiéndose el labio, pero ya era muy tarde. Cuando se dio la vuelta tuvo ante ella los cinco metros de altitud de Charlotte Katakuri, que se había puesto de pie tras llevar un buen rato sentado en el puerto esperando que el caracolófono de su hermano menor diese señal.

—Perdón, ya me voy.

—¿Te crees que soy idiota? Has intentado robarme. ¿Tan poco le quieres a tu vida?

—Mira, gigantón —replicó de repente aquella mujer. A pesar de que era de la estatura media de un humano de Paradise, no se había sentido sorprendida por su tamaño más de lo necesario. La capucha de la chaqueta de cuero que llevaba puesta cayó hacia atrás y pudo verle el rostro. Con su ceño fruncido y sus labios dorados apretados, lo apuntó con su dedo índice—. Admito que te intenté robar, pero no lo conseguí. Así que ahora déjame en paz y sigue con lo tuyo, que no soy tan idiota como para volver a intentarlo.

—Oh, pero sí que lo eres para provocarme. ¿No sabes con quién estás hablando?

—No, y ni me importa —Le cruzó la cara y siguió caminando como si no hubiese ocurrido nada. Sin duda aquella mujer no tenía ni la más mínima idea de nada. Por debajo de su bufanda, Katakuri se permitió sonreír—. ¡Eh! ¿Qué te crees que estás haciendo? ¡Suéltame!

La mujer forcejeaba y protestaba, pero la mano del pirata sobre su chaqueta no se detuvo y la alzó hasta ponerla a la altura de sus ojos escarlata. La joven se encontraba mucho más enfadada que antes e intentó quitarse la prenda de ropa que agarraba para escapar, pero Katakuri ya lo había previsto y rodeó su espalda con sus dedos—. ¿Sabes quién es Big Mom al menos, rata?

—¿Acaso te crees que me voy a poner a hablar contigo mientras me tratas como a un insecto? ¡Déjame en paz! —Aquella mujer no tenía ningún tipo de poder. Quizá poseía buenos músculos y sería capaz de luchar cuerpo a cuerpo contra piratas mediocres de ese mundo, pero a su lado era precisamente lo que ella enmarcaba: un insecto que podía aplastar con sus dedos—. Ya te he dicho que no te iba a molestar, ¿así que por qué haces esto?

Las cejas borgoña de Katakuri se torcieron más de lo que ya estaban de por sí. ¿Acaso necesitaba una razón después de intentar pasarse de lista con él? Oh, no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo de los piratas.

—¡Está ahí! —Las voces llegaron a su cabeza antes que a su oído. Incluso en medio de aquella situación, dejó que su curiosidad lo llevase hasta aquella conversación. Por lo visto sí que había un sistema de seguridad en la isla. Dos hombres se acercaban a ellos con unas escopetas en miniatura entre las manos. Pensaba reírse ante aquella impertinencia inútil, pero todo quedó aclarado en un segundo—. Señor Charlotte, esa mujer, Solte Anta, está en busca y captura en la isla por asaltos a comercios, robo, hurto y un atentado contra la mansión del alcalde. Por favor, deje que nos encarguemos de ella y recuperar todo lo que se llevó, además de sacar información sobre la banda con la que comete tales crímenes.

Sabían quién era Katakuri pero no parecía importarles. Para ellos solo era un pirata cualquiera con el que podrían sacar beneficio económico. Le pareció curioso que aquella política no convirtiese la ciudad en un vertedero de cadáveres como ocurrió con Jaya. El pirata contempló a ambos y luego a aquella chica que parecía haber cedido ante las acusaciones que le lanzaban. Se mantenía en silencio y con la cabeza agachada, apretando los dientes y murmurando palabras que no alcanzaba a escuchar. Sin lugar a dudas todo lo que tuviese que ver con ella era extraño e insospechado.

—No; yo también tengo asuntos pendientes con la señorita. Con suerte, la encontraréis viva en algún callejón en un par de días.

—Pero...

El otro guardia alzó una mano para detener la protesta. Negó con la cabeza. No pensaban enfrentarse a él y sus decisiones. Vaya lugar tan patético—. Quizá sea un demonio, pero no la mate, por favor. Es muy querida en los barrios bajos de la ciudad y necesitamos que esté lo más accesible posible.

Y se retiraron. ¿Acaso aquello tenía sentido? ¿Atentaba contra el alcalde y luego le decían que era querida? Soltó a la chica y esta volvió a protestar entre dientes—. ¿Qué clase de persona eres, Solte Anta?

—¿Y a ti qué te importa? Ya es bastante molesto tener que ser salvada por alguien... —Se masajeó el cuello, tensa tanto por estar colgando en la mano de Katakuri como por la conversación de aquella extraña policía.

El caracolófono de su hermano por fin dio señal—. ¡Kata-nii! ¡No te lo vas a imaginar! ¡He encontrado a mi nueva tripulación! Después de darles una paliza, han accedido a unirse a mí porque dicen que confían en que mi poder llegue lejos. ¿No te parece increíble? ¡Ahora me acerco al puerto!

—Este chico no tiene remedio... —Katakuri suspiró y volvió a fijar su vista en Anta, que no le quitaba sus ojos anaranjados de encima—. ¿No decías que querías que te dejase en paz? Esta es tu oportunidad.

—Esa voz y esa forma de ser... ¿Eres hermano del idiota que ha llegado a la isla hace unos meses y se pasa el día peleando con todo el mundo?

—Por la descripción, me parece que sí... ¿Qué ha hecho ahora?

—Salvarme la vida.

Eso era lo que menos esperaba que respondiese. De repente su forma de ser cambió por completo. De la mujer cretina, irritable y sin escrúpulos del principio pasó a ser otra brillante, fuerte y sonriente—. Yo sé dónde está. Puedo llevarte hasta él.

××××

Bueno, okey, no voy a negar que he disfrutado mucho escribir este relato porque el tipo de relación de Anta y Katakuri me gustó, pero we, no deja de ser unha chavala de veintitantos, por lo que aquí se quedará todo... Tengo que hacer más OC que pasen de los treinta, uff.

Retazos; One Piece x OCDonde viven las historias. Descúbrelo ahora