Katakuri (2/2)

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El trayecto.

Katakuri x Anta.

Era una mujer joven, cercana al metro ochenta y con una obsesión con llevar la capucha puesta. De alguna extraña forma, sabía pasar desapercibida a ojos de todos a pesar de tener el cabello e iris naranjas y un gusto por la ropa de colores llamativos.

Si no fuese porque él mismo, Katakuri, Comandante Dulce e hijo de Big Mom, estaba allí, Anta no existiría para nadie. Los ojos se posaban en el hombre de cinco metros, extrañados y perturbados por la potencia de su aura amenazante. Ni una sola persona aguantaba la tentación de echarle un vistazo a la sombra que se cernía sobre ellos, en medio de la periferia de la ciudad.

Y no era para menos. Él no pertenecía a aquel mundo tan débil y simple.

—¿Es necesario cruzar por aquí para llegar a la ubicación?

—Oh, ¿ya estás protestando? ¿Acaso uno de los piratas más buscados le tiene miedo a la gente? —inquirió la joven con una sonrisa ladeada y lanzada por encima del hombro. Katakuri solo respondió con una mirada fija e impasible de la que ella no pudo extraer más información que su enfado—. Este es el camino más corto y querías llegar rápido, así que es tu mejor opción. Total, dentro de nada ya saldremos de la zona y bordearemos la costa, por lo que no tienes que preocuparte.

—¿Pero dónde se supone que se escondió este idiota? —murmuró el pirata, suspirando desde el otro lado de la bufanda que le tapaba la mitad inferior del rostro—. Solo sabe causar problemas.

—¿Hablas de tu hermano? Yo pensaba que los de vuestra calaña estabais acostumbrados a vivir en la clandestinidad... —comentó con curiosidad poniéndose a su lado. Como él hablaba con la bufanda de por medio y ella dirigía su voz hacia adelante, consideró mejor opción acercarse en vez de encaminar la marcha. De alguna forma él siempre sabía hacia dónde pensaba girar.

—Aquí no hay ningún gobierno que amenace a los piratas, por lo que he visto, así que solo es un gasto de energía inútil. De todos modos, él ni siquiera debería estar aquí. Siempre desaparece y hace lo que le da la gana... —juzgó Katakuri con el ceño fruncido.

—¿Y qué?

—¿Perdón?

Sus ojos rojizos bajaron hasta la altura de Anta, intentando analizar qué es lo que pasaba por su mente a todas horas. En ocasiones lamentaba que su haki le permitiese ver las acciones futuras pero no las palabras ajenas. Poder comprender en cualquier momento qué motivaba las acciones de los demás sería fructífero. Ella solo se encogía de hombros y desviaba la vista a las calles mal pavimentadas de los alrededores. Cada vez eran más estrechas y se encontraban en peor estado. Katakuri podía escuchar el rumor de las olas en la distancia.

—Es casi como un niño. Es normal que quiera revelarse y descubrir el mundo por su cuenta. Vivir rodeado de la familia resulta... asfixiante. Todo lo que hagas estará predefinido por los demás.

El Comandante Dulce admitía que nunca lo había visto de aquella manera. Él no había tenido tiempo de joven para ponerse a pensar en algo tan sumamente complejo. Aun así, seguía teniendo las ideas claras.

—Es su deber como Charlotte llevar el honor a la familia. Si no puede con ese peso, hay decenas de padrastros exiliados con los que puede perderse.

La joven le lanzó la mochila que había llevado todo el tiempo colgada a la espalda. Recordó en aquel momento que ella era mucho más fuerte de lo que parecía cuando consiguió acertarle en el hombro. Katakuri la agarró e inspeccionó, sin comprender qué quería decirle con aquello. Anta comenzó a bufar y resoplar, por lo que su incertidumbre aumentó.

Retazos; One Piece x OCDonde viven las historias. Descúbrelo ahora