La gota que colmó el vaso.
Dellinger x OC.
AU contemporáneo.
La mansión en la que se había criado Dellinger era, sin duda, impresionante. Los jardines se extendían infinitamente, colmados de setos con figuras geométricas diversas y fuentes de estilo renacentista. La planta del edificio era similar a la de una iglesia románica mas nunca había sido empleado para aquellos fines. Algunos de los vecinos de aquella área residencial de la ciudad comentaban que era casi sacrílego un hogar semejante a la morada de Dios, sobre todo si el mote de su dueño era “el Demonio Celestial”.
A pesar de todos los susurros y muecas de desprecio, nadie se atrevía a enfrentarse al gran Donquixote Doflamingo por miedo a las represalias. Y tampoco a sus hijos.
—¡Ups, se me ha caído! Límpialo, ¿quieres?
El joven Dellinger, tan rubio como su padre y con ojos de pez muerto, tenía como principales víctimas a los trabajadores de la mansión. Había estado estudiando en el comedor, con su portátil de última generación, sus apuntes encarpetados y clasificados y pesados estuches repletos de subrayadores y bolígrafos de colores. En el momento en que se cansó de estudiar para una de las materias de Administración de Empresas, dejó caer un vaso de refresco de cola al suelo, provocando una explosión de espuma y un olor dulzón y espeso en el aire.
Travis, que era el encargado de aquel día para aquella zona de la mansión, suspiró y se acercó. Había limpiado hacía unos escasos minutos el suelo, por lo que aquello lo irritó sobremanera. Su ceño fruncido lo inculpaba, pero como siempre solía estar serio o enfadado, Dellinger no pudo disfrutarlo lo suficiente...
—Ahora mismo me encargo.
Aquel hombre esbelto, de cabello negro y lacio y ojos grises tan similares a los suyos, se acercó a largas zancadas hasta la larga mesa del comedor. Su vestimenta blanca de empleado a sueldo resplandeció al entrar en contacto con los rayos de sol que atravesaban las gruesas cortinas de los ventanales. Había llegado hacía unos meses, pero Dellinger aún no había encontrado la mejor forma de torturarlo. Con todo, si no hallaba las suficientes pistas, podría acudir al asunto estrella. Todos los trabajadores tenían el mismo miedo: ser despedidos.
—Yendo a esa velocidad, no se cuánto durarás aquí, Travis... —Dellinger colocó la barbilla sobre la palma abierta y el codo sobre la mesa. Una sonrisa juguetona se dibujaba en sus labios de gusano y se reflejaba en el cristal en el que se apoyaba. Esperó un contacto de miradas o alguna respuesta, pero el moreno se limitó a asentir y escurrir una fregona.
Ambos sabían que las manchas de refresco eran díficiles de quitar, dejaban un rastro pegajoso y rezumaban un olor incómodo a largo plazo, por lo que tendrían que pasar un buen tiempo en aquella situación. Dellinger se cruzó de piernas para permitir a Travis un mayor alcance con la fregona. No dejó de observarlo con una sonrisa en todo el proceso, aunque él lo ignorase.
—Me estás distrayendo de mis estudios, ¿sabías?
Por fin consiguió una respuesta de parte de su trabajador, ya que le dedicó una rápida mirada de reojo que exhudaba un resentimiento muy gratificante—. Hay muchas estancias en esta casa.
—¿Me estás echando? —replicó Dellinger, con los ojos abiertos como platos y falsa estupefacción descrita con una mano en el pecho.
—Solo digo que siempre hay opciones para salir del paso.
—No me puedo creer que tengas la osadía de hablarme así. ¿Acaso tengo que pagar yo la culpa de que no sepas esmerarte en tu trabajo? Quizá deba tener una charla con papá sobre tu rendimiento...
La ida y vuelta de la fregona se detuvo, al igual que la fricción húmeda contra el suelo. Travis levantó la vara hasta introducirla en el cubo y apoyó una de sus manos en el respaldo de una silla dorada y ostentosa. Sus ojos grises estaban perdidos en el techo, en la pintura renacentista que habían diseñado en el ábside.
—¿Alguna vez has limpiado algo, chico?
—¿Por qué me tuteas? ¿Es que...?
Travis le dio una patada a su silla y Dellinger terminó en el suelo, rodando sobre sí mismo y quedando de rodillas. En aquel instante sí que estaba sorprendido; nadie lo había tratado así jamás. Aquel hombre ni siquiera estaba tratando de fingir su furia.
—Te he hecho una pregunta. Contesta.
—Alguna vez sí, de niño. —Ni siquiera sabía por qué respondía a sus órdenes. Dellinger se puso de pie y comenzó a pensar en una forma de arreglar aquello mientras Travis se acercaba a él con aquel paso calmado de siempre.
—Pues ya es mucho pedir. ¿Sabes lo que se tarda en limpiar esto? ¿Lo sabes? ¿O con qué productos? —Dellinger iba a comentar algo, pero Travis dirigió una mano hacia él y tiró del cuello de la camisa blanca que llevaba puesta—. Yo trabajo aquí, ¿recuerdas? —murmuró contra su rostro. El rubio intentó apartarlo a la fuerza, pero él era más fuerte y alto y no tenía cómo ganar impulso—. Sé cuándo están tu papi y tus hermanitos en casa de memoria, y ahora nadie salvo tú se encuentra aquí dentro.
—¿Qué más da eso? ¡Lo sabrán igual! ¡Y mi padre te hará pagar por esto!
—Eso espero. He firmado un contrato y más le vale respetar el acuerdo del convenio hasta que me echen o me marche... —se burló el moreno. Sus ojos seguían tan fríos como la primera vez que lo vio, pero su voz ronca destilaba veneno y rencor.
De repente lo lanzó contra la mesa y pisó su nuca, aplastándolo contra la zona que antes había estado limpiando.
—Venga, haz mi trabajo si tanto te atreves a criticarlo.
—¿Acaso crees que me voy a rebajar tanto? ¿Y no piensas en las consecuencias de tus actos? ¡Hoy no vas a salir vivo de esta casa! —gruñó Dellinger, ignorando sus palabras y retorciéndose bajo su peso.
—Oh, ¿quién te va a creer a ti, Dellinger? Solo eres un universitario desgraciado que se pasa los días mintiendo y maltratando a los demás para tratar de ignorar que no vales nada ni le importas a nadie. Cállate y limpia de una vez, mocoso.
—¿Y si no lo hago, qué? —inquirió el rubio, con su mejor sonrisa lobuna a pesar de la situación.
—Bueno, no pasaría nada. Quizá recibirías alguna que otra magulladura, algún diente roto y poco más… Al fin y al cabo, un despido no significa nada para mí, que sé dónde buscarme la vida y no tengo miedo de mancharme las manos. Ya no pienso fingir más que no me pareces un idiota. ¿Nunca te has parado a pensar en que nosotros también somos personas?
—Si es precisamente eso lo que lo hace divertido…
Entonces recibió una patada en el estómago en cuanto Travis dejó de sujetarlo. Él se encogió por el golpe, pero no dejó de sonreírle. En cuanto le lanzó la siguiente, se aferró a su pierna y pateó la otra, haciendo que perdiese el equilibrio y cayese a su lado. Dellinger no dudó ni un segundo a la hora de situarse sobre él y ahorcarlo con las manos, molesto por cómo había sido tratado.
—Siempre me habías parecido el más aburrido e insulso de los trabajadores de mi padre, pero ahora me acabas de demostrar lo contrario.
Travis trató de zafarse de su agarre, pero el rubio le propinó un puntapié en la entrepierna, lo que lo dejó sin aire.
—No; no haré que te despidan. Haré que te conviertas en mi sirivente personal y que papá no te deje marcharte, te amastrearé hasta que aprendas que soy tu señor y, por supuesto, te devolveré lo que me has hecho hoy. ¡Oh, te arrepentirás de esto toda tu vida, idiota! —exclamó con una gran sonrisa. Travis ya se había puesto pálido y comenzaba a perder la consciencia, por lo que Dellinger lo soltó y le propinó un par de bofetadas.
—¿Y quién dice que no serás tú quien se arrepienta de verme todos los días? Porque te haré pedazos en cuanto bajes la guardia.
—Inténtalo si quieres, cariño, pero vas a acabar suplicando por tu vida.
Entonces Dellinger se apartó de él y se marchó del comedor, con una mueca semejante a una sonrisa y el veneno inyectado en sus ojos. A partir de aquel día, la convivencia sería un infierno en aquella mansión.
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Retazos; One Piece x OC
FanfictionColección de one-shots de One Piece con la inclusión de OC. Puede haber parejas de todo tipo. ©Los OC me pertenecen íntegramente y no se permiten copias de los mismos, incluidos los relatos en los que aparecen. © Los personajes de One Piece pertenec...
