Denjirou

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Monstruos.

Denjirou x OC.

La sangre seguía fluyendo del manantial de su vientre y ni siquiera las cenizas del palacio de Oden pudieron cauterizar las heridas. Ni siquiera sus queridas gafas negras seguían vivas, ¿así que por qué debería quedar nada de él? Era mejor la muerte que admitir aquella segunda derrota.

Con la respiración entrecortada y la vista nublada, Denjirou alzó la vista al cielo de Wano: estaba tan despejado y limpio que casi no parecía que unas horas antes había entablado combate con la tormenta que era el yonkou Kaidou. Ni siquiera sabía qué era de Ashura Douji tras el enfrentamiento, pero tampoco pensaba darle demasiadas vueltas; sin Oden como su líder, ya no quedaba ningún tipo de cohesión o esperanza en los Vainas Rojas.

Por mucho que Denjirou fuese uno de sus hombres más inteligentes y despiertos, aquello no servía de nada sin Oden. La batalla contra Kaidou no servía de nada sin Oden. El derrocamiento de Orochi no servía de nada sin Oden...

Tardó unos momentos en notarlo, pero Denjirou se dio cuenta de que lo que empañaba su vista era una espesa cortina de lágrimas, y no la sangre que brotaba de cada agujero de su cuerpo. Se sentía un completo inútil, humillado y sin el orgullo suficiente para siquiera contener el llanto como un buen samurai...

Entonces, con aquel dolor punzante en su pecho, recordó aquel que provocaba la katana de Hitokiri. Él había sido su siguiente maestro una vez la última ceniza del cuerpo de Oden se había posado en la tierra. Lo había escondido de la paranoia y los deseos de venganza de Orochi sin temer ni un ápice las consecuencias, con su semblante recto y su espalda protectora.

Con los ojos rojizos clavados en los subordinados de Orochi, los piratas Bestias cercanos o la posible presencia del Oniwabanshu, fumaba en su pipa con la serenidad y fiereza de un depredador que se sabía en su propio territorio. Su melena —roja también, todo él era un poema de sangre— debía recogerla en un moño alto debido al gélido viento que azotaba aquella zona en ruinas que era su hogar —quizá por ello siempre se dejaba crecer una barba espesa. Y quizá por ello también Denjirou se dejó crecer patillas—. La gloria del gran dojo de la casa había ocurrido hacía mucho tiempo y el silencio llegaba a ser tan doloroso como sus instrucciones de combate.

Nadie podía negar que Hitokiri era un hombre frío y cruel, pero lo que los demás no habían percibido bajo su sombra sádica era un samurai leal y honorable que jamás olvidaba la tradición y las promesas pactadas. Detrás de cada cicatriz en su piel y aquel parche en su ojo derecho se escondía una historia de protección, honor y ruina, la mejor tragedia posible si se deseaba sobrevivir en la era de Orochi.

Siempre lo había preparado para lo peor, lo había protegido del ojo inescrutable de los ninjas del nuevo shogun y le regaló las lecciones más necesarias aunque desilusionantes de su transcurso vital:

—La destrucción solo se alcanza a través de la sangre. No pienses que podrás acercarte a un shinigami sin mancharte las manos. El miedo solamente existe para indicar qué limites te faltan por superar.

Siempre había sido un hombre extraño y enigmático, pero sabio. El transcurso del tiempo no había hecho nada más que mejorar su impresión sobre él, a pesar de la negra sombra que se escondía tras la capa con el símbolo del Haku que no portaba cuando tenían visitas. Aunque aquel sello le había parecido familiar, Denjirou tardaría muchos meses en descubrir qué era lo tenebroso tras el vacío de aquel hogar en ruinas —quizá no tanto como el castillo de Oden en el que apoyaba la espalda en aquel instante, pero en su mente olía con la misma intensidad a azufre—.

No fue hasta su último día de convivencia que Denjirou descubrió a través de algunas cartas guardadas por Hitokiri la naturaleza de aquella maldición silenciosa: su clan había sido exiliado de Wano por conformar un linaje de asesinos. Ni siquiera él debería estar allí, y aun así nadie parecía conocerlo o por lo menos se atrevía a admitirlo ante su presencia. Ellos, en un país cerrado al mundo, no tenían derecho a seguir dentro. No necesitó investigar demasiado para descubrir las masacres, las atrocidades y las crueldades que se cometían en aquel hogar. No pudo soportar la noticia y se marchó de allí para reunir a algunos aliados y enfrentar a Kaidou. Al final, había decidido impartir justicia en el yonkou para evitar la siguiente diatriba moral que amenazaría su alma.

Pensar en ello le helaba la sangre a Denjirou: había convivido con él sin percibir las magnitudes de la maldad que corroía su alma. A pesar de aquella actitud adusta y amenazante, solo había pensado en Hitokiri como un maestro exigente y amargado por la tragedia y la soledad. Le dolía su honor y su orgullo al recordarlo, pero no merecía sufrir menos: Denjirou, el eterno niño astuto capaz de manipular a cualquiera, no había sabido leer que tenía delante a un monstruo y, por si no fuese poco, se había obsesionado con él. Había bebido las aguas en su nombre y admirado cada uno de sus pasos en el tatami. ¿Cómo podía, entonces, renegar de él, aunque fuese de mente?

Había abandonado su protección por su honor y furia, pero jamás lo había denunciado porque no podía construirse una idea del mundo en el que ni tanto Oden como Hitokiri no estuviesen vivos.

Las lágrimas se tiñeron de azul en sus manos, más densas y pesadas que cualesquiera que hubiese expulsado antes, y por fin detuvo el rumbo de sus pensamientos. Al final no había podido hacer honor a lo aprendido con ninguno de sus dos maestros. Al final había sido un joven impetuoso en vez de un adulto sereno y calculador.

Y, aceptando la derrota y la humillación, se permitió por fin llorar y gritar, allí donde nadie podría interrumpirlo sino los fantasmas de la familia Kozuki. Se arrancó el pelo, se arañó la carne, se desencajó la mandíbula de tanto rechinar los dientes. Las lágrimas azules seguían saliendo de sus ojos, a través de los cuales ya no era capaz de ver, y empalideció ante la tragedia que jamás se había permitido lamentar. Su cabello encaneció antes del vuelo completo de una flor de cerezo hacia el suelo. Su cuerpo dejó de ser el mismo, su mente se partió y, de entre los escombros, se erigió una nueva voz:

—Quizá no tenga derecho a juzgarte, Hitokiri. Nadie se acerca a un shinigami sin mancharse las manos; quizá tú ya hayas enfrentado al tuyo y ahora sea mi turno para alcanzar la Destrucción. Sé cuál es mi camino, sé a quién debo vigilar y en qué debo emplear mi astucia. Jamás he podido odiarte, pero ahora tengo menor razón para ello: si no hubiese tenido a un monstruo por maestro, jamás podría haberme convertido yo en uno.

El atardecer se posaba sobre el castillo de Oden. Kyoshiro no podía verse el rostro, pero sabía que ya no era el mismo.

—Quizá sea hora de abonar con sangre las tierras que Orochi está drenando.

Y en vez de cometer seppuku, Kyoshiro comenzó a limpiar su katana. 

Retazos; One Piece x OCDonde viven las historias. Descúbrelo ahora